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lunes, 19 de enero de 2015

Raya

Línea larga y delgada. Término o límite que se pone a algo

Mi teléfono en silencio recibe un par de llamadas, mientras atiendo una reunión de rutina. El buzón de voz anuncia dos mensajes de un número desconocido, y suelta el primero:

- Bendición Fer. Hoy tengo que abandonarla.

Detrás de la voz trémula y asustada está Gabriel. Algo pasó.

Hay oficios para los que uno estudia y se prepara. Otros, se hacen por intuición, o por la inercia de coincidencias y encuentros. Yo sirvo a veces de oído: leo y escucho a la gente, hasta que por sus medios llegan a conclusiones. Y trato de evitarlo, pero a veces se me escapan recomendaciones, con la advertencia de que son sólo opiniones. La mayoría de las veces ayudo, o al menos eso he escogido creer.

Hijo de inmigrantes sin suficiente dinero para un colegio élite, Gabriel soportó años de bullying, refugiándose en los deportes. Le gustan casi todos los que tienen reglas claras, los que tienen rayas, porque donde hay límites claros todos somos iguales. Haciendo deporte no es tan blanco, ni de ojos demasiado claros, o de nariz demasiado extranjera. Él es un optimista con rayas: cuando se propone algo, confía en que Dios le concederá la victoria si es paciente y perseverante. Aun así, decide cuál es la señal que le hará saber que perdió, que debe abandonar porque su meta no fluye, y si aparece ese límite lo respeta. En sus palabras: pone la raya. Sólo tenía tres amores que no conocían raya: su esposa, su hijo Gerardo, y nuestro país. Lleva a Venezuela en la sangre, a su gente y sus paisajes.

Entre sus curiosidades, está pedirme la bendición cuando va a enfrentar o abandonar un reto, cosa bastante inusual si consideramos que no nos une ningún parentesco. Y nunca ha dejado de recibirla. También tiene la costumbre de citar a Cortázar (1) mientras habla.

La primera vez que lo escuché hablamos de su matrimonio, en el que había trabajado duro por cuatro años, negándose a que terminara, alargando un divorcio que era inevitable. Descubrió la raya el día en que supo que su esposa le era infiel, con una mujer. Aunque ella no le pertenecía, trató de recuperarla unos meses luego de la separación, pero ella ya compartía su vida con otro hombre, al que no le importaba lo que pasaba en su cama cuando él no estaba. Quiere pensar que no, pero aún la extraña, se siente cuando cita: "Después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás". Él dice que se refiere al país, pero sabe que no es sólo eso.

En los siguientes encuentros, concentraba su energía en el país. Haciendo política en las filas opositoras, pelea con pasión por lo que considera injusto, porque no avance lo que consideraba un socialismo de mentira. Se niega a que la gente se pierda en el discurso, y deje de luchar.

Aunque él sigue peleando, intuye que está perdiendo. Si baja la guardia, le escuchas decir: "Sólo en sueños, en la poesía o en el juego, nos asomamos a lo que fuimos antes de ser esto, que vaya a saber si somos", o "A mí me parece que los peces ya no quieren salir de la pecera, casi nunca tocan el vidrio con la nariz". Convencido de que no hay negociación posible, incluye: "Cada vez sospecho más que estar de acuerdo es la peor de las ilusiones".

El buzón de voz guarda el primer mensaje, y suelta el segundo:

- Fer, Gabriel de nuevo. De camino al colegio, paré a comprar los cachitos que le gustan a Gerardo. Ella le puso un arma en su cabeza mientras me quitaba el celular. Hoy encontré la raya. Estoy en el aeropuerto, compré el primer vuelo que encontré y te llamo desde la sala de espera. Venezuela ya no me quiere, ya no me pertenece… “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.

No sé a dónde fue. No sé si llamará de nuevo. Supongo que si nos quitan dos de tres, nos aferramos como podemos al que queda, aunque nuestra razón pueda sugerir que ninguno fue nunca realmente nuestro. Y viviremos con miedo a la raya, a eso que nos abre los ojos, porque cada vez que se cruza, perdemos.


La lata de Garbanzos : raya
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(1) Julio Florencio Cortázar fue un escritor, traductor e intelectual nacido en Bélgica. Optó por la nacionalidad francesa en 1981, en protesta contra el gobierno militar argentino. Se lo considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo. Rayuela fue su mayor éxito editorial, un clásico de la literatura en español.

martes, 2 de septiembre de 2014

Compartir

Dar parte de lo que tenemos para que otro lo disfrute con nosotros

Hay gente que contra todo pronóstico, es feliz. Derraman alegría a quien esté cerca, con una risa tan contagiosa como escandalosa. Aprecian y agradecen la vida, mientras persistente y proactivamente aman y perdonan. Debe ser algo genético, porque si dependiera de algún entrenamiento yo ya lo hubiera aprendido. Además, no se afectan por el entorno, porque al mejor estilo de Los Miserables, son flores hermosas que crecen en la basura.

Al terminar la visita en la biblioteca del barrio, la agenda invitaba a visitar a Francisca, a la que llamaban Rica Francisca. Ella era una de las dos mujeres que tenían título de propiedad de sus casas, era legalmente dueña. Había obtenido los papeles gracias a un programa de consolidación de barrios. Imaginen en un cuadro de Botero, a una mujer regordeta de amplia y aireada sonrisa, esperando en su puerta con café recién colado. Adoraba las visitas del Instituto porque “le traían gente bella”. Su casa estaba en un montículo, destacando entre las otras más humildes y sucias. Era una construcción de dos pisos, con cerámica en pisos y paredes, más una puerta auxiliar en el segundo piso, que comunicaba al barrio con el Centro médico. Esa puerta a veces se usaba para llevar a un herido a emergencias, aunque ese no era su único uso. Nos decía, con lo que creía un susurro:

- Es que si yo estoy poniéndole los cuernos a mi marido y oigo que llega, mientras yo lo entretengo el cacho sale por ahí.

Luego, un momento mágico cortesía de Roberto, de esos ideales para sonreír, sonrojarse y no decir nada. Siendo el más bajo del grupo, hilaba las risas comentando que era soltero, y auto-invitándose a su lista de amantes clandestinos. Ella lo abrazó cariñosamente, mientras le respondía apuntándome:

- ¡No, mi rey! A mí me gustan grandes como él.

Avanzaba la entrevista y cada vez nos sorprendía más su actitud. Para todo tenía una respuesta positiva. Nos presentó a los vecinos que venían, porque a esa hora ya éramos como su familia. Todos salían con algo en las manos. A ella le gustaba compartir, dando lo que tenía, y prometiendo para después lo que no. Descubrimos sin embargo, una regla inusual: cuando Eugenia le dijo que iba a donar muchísimos de sus libros a la biblioteca, ella se sentó a su lado, tomó su mano izquierda entre sus palmas y le dio lo que en otro tono sería un regaño:

- No mi niña, para eso está el camión de la basura. La biblioteca lo que necesita son cartuchos de tinta, no libros que nadie va a usar. ¿Tú no tienes internet? Aquí las tareas se hacen en google. Compartir es dar cosas que son buenas pa’ los dos. Yo saqué para ustedes mis mejores tazas. Las chiquitas de peltre pa’ cuando esté sola.

Hay frases que al escucharlas parece que se detiene el tiempo. Con el reloj detenido “me cayó la locha”: ¿Yo regalo basura? Aunque algunas cosas son nuevas, ciertamente son inútiles para mí, pero las creo útiles para alguien más. ¿Cómo las verá el que las recibe? Al parecer Francisca nunca había escuchado eso de “La basura de uno es el tesoro de otro”. Aunque no dije nada, yo también pensaba mandar mis libros viejos, los que ya no iba a leer nunca más. ¿Mandarlos al basurero era más honesto? O era mejor donarlos a donde fueran apreciados (sitio que a lo mejor ya no existe). Si yo no lo valoro no debería compartirlo, y si el que recibe no lo quiere, comparto con la persona equivocada. Flaco favor estábamos haciendo, buscar altruismo en un reciclaje mal hecho.

El tiempo no reiniciaba. Pensé entonces en el diezmo de la iglesia, que significaba bendiciones de vuelta. ¿Era Francisca una mujer rica como recompensa a su generosidad? Tal vez ella ponía en la cesta más del 10% de lo que tenía, y no las monedas que le estorbaban. ¿Será por eso que muchos perciben que de la iglesia, sus feligreses reciben de vuelta poco o nada?

Cuando empezaba a razonar de mis relaciones: ¿qué comparto con mis afectos?, el reloj empezó a andar de nuevo, y lo dejé para otro garbanzo. De éste, les cuento que al final Eugenia compró las tintas, las mandó, y se aseguró de que llegaran. Eran costosas, pero era lo que iban a apreciar, en lugar de los libros que le daba remordimiento botar. Esos podían perderse en el camino sin que nadie los extrañara. Por mi parte, cada vez que decido regalar algo, hago un segundo chequeo para estar seguro de que el bajante de la basura no es a donde pertenece. También me pongo en los zapatos del que recibe, y pienso cuál sería su respuesta más probable: ¡qué bien! o ¡será cabrón!


La lata de Garbanzos : compartir

lunes, 4 de agosto de 2014

Ladrón

s. m.Quien hurta o roba. Es un delincuente, ya que hurtar o robar es penado por la ley


Como era tan chico, las palabras que voy a usar seguro no eran las exactas, pero el recuerdo sí. Llegaba del colegio y pasé por la bodega, para llevar algún pendiente a casa de la abuela. Entraba por debajo del pequeño mesón de servicio, cuando al mirar hacia la caja vi a Guaripete [1] tomando dinero y guardándolo en su bolsillo. Al verme, llevó su dedo a la boca haciendo una seña que llamaba al silencio y a la complicidad.

Subí asustado las escaleras al lado del tanque de kerosene, para contarle a papá mi gran descubrimiento: nos estaban robando, ¡Había que llamar a la policía! Pero resultó que ya lo sabía, eso sólo era un secreto para mí y el abuelo. Strike uno al oído:

- No pasa nada. Cada vez que su familia tiene necesidad de dinero, lo saca de la caja. Creo además que tiene algo de tontura o enfermedad. No sé si no lo puede controlar, o lo hace para llamar la atención o divertirse, para jugar al astuto. Se lleva poco, yo me hago el que no sé, y pienso que es parte de su salario.

Mientras se rompía el paradigma del bien y del mal, se me ocurría la brillante idea de no aceptar ese concepto tan criollo, despedirlo y buscar a otro empleado como Francisco, ¡que era portugués! Ahí vino el strike dos:

- Buena idea, lo que no sabes es que él también nos roba. No por tonto, sino por lo que cree justicia. No puede esperar, los días no le alcanzan para tener su propio negocio. Trabaja como esclavo, y en su cabeza merece más dinero, así que lo toma. Tampoco me importa, su esfuerzo lo vale.

A medio entender lo que escuchaba, de todas las preguntas que llovían en mi cabeza, había dos urgentes. Primera: ¿Por qué le damos trabajo a ladrones? Segundo: ¿Les pagamos poco?

- Es lo que hay. Siempre creo que son honestos. Algunos debieron empezar acá, cuando se les presentó la oportunidad de trabajar donde hay efectivo a la mano. Creo que les pago bien, pero puedo estar equivocado. No cambiarían si les pago más, la maña no se quita.

La conversa no duró mucho más. Un poco triste, aprendía que al parecer unos roban por necesidad y otros por justicia, pero ambos se quedan con lo que no merecen. Debe ser como el ladrón bueno y el malo, crucificados con Jesús, sólo que aquí no sé cuál es cuál, quién sabe si alguno llegó a arrepentirse. Antes de irme, papá me pedía un favor:

- No digas nada a tu abuelo, que si se entera los bota sin pensarlo, y luego no hay quien haga el trabajo. Es mucho para mí, y él ya no puede. Además ¡pa’ que venga uno peor!

Como “no hay 2 sin 3”, semanas después, un martes en la madrugada, mientras acompañaba a papá al mercado de Coche, detenidos en la cola para entrar, dos malandros armados le robaron el dinero de las compras. Aunque él los persiguió con el arma que jamás disparó en su vida, fue sólo un intento de sentirse valiente. Strike tres, hay otro tipo de ladrón:

- Estos son unos delincuentes, una plaga, roban por odio y avaricia, estos si son de los malos. Creen que pueden tener cosas sin trabajarlas, roban a los comerciantes su esfuerzo. Presos o muertos debían estar.

Con el tiempo, desarrollando software, puse siempre especial empeño en los controles, en mecanismos para encontrar a los “guaripetes” en los negocios de Comida Rápida. Vi también como se negociaban Contratos Colectivos que incluían cláusulas tan absurdas como: “Si un empleado es descubierto llevándose productos de la planta, la empresa no llamará a la policía, sólo le despedirá”. Supongo que era para los “franciscos” que asumen justo llevarse parte del producto que ayudan a elaborar, aunque no esté permitido.

Los últimos años han promovido un tipo raro de ladrón. No sé si es una variante de los viejos, o una especie nueva. Ataca a los comerciantes, pero no desde sus empleados, sino desde arriba, desde la cizaña sembrada en el gobierno. No meten la mano en sus cajas, sino que los obligan a mantener a trabajadores que no sirven, los regulan, los hacen pagar mordidas y vacunas, los llevan al límite. Armados con el poder, no son distintos al malandro de Coche, movido por el odio y la avaricia. Creen que la presión no tiene fin, que los patrimonios y la paciencia son infinitos, y no pararán hasta la quiebra o el cierre, de las empresas, del país. A Venezuela, como si no tuviera dueño ni doliente, se la llevan en maletas.

Mientras eso pasa, convencen al colectivo de que no tienen que trabajar, de que ser venezolano es ser dueño de los tesoros del país, es ser rico. No hay que trabajar las cosas, el gobierno debe dártelas. Cobras Seguridad social por decreto, no por haber aportado. Te inscriben en misiones por lealtad de voto, no por necesidad. Es una especie de Constelación Familiar, donde los nuevos empresarios pagan el derecho de pernada [2] de sus ancestros, como en el Blues del esclavo de Mecano.

Me da lo mismo si son de la cuarta o de la quinta, si tienen el cuello blanco o rojo, no tienen derecho a robarle el país a la próxima generación. El que paga las consecuencias de su odio no es el hombre actual, que bien o mal ya está servido, sino sus hijos. Un poquito de vergüenza no les haría daño.

Si usted tiene ahora la misma pregunta que yo: ¿Esto es parte del plan de la patria? Hacerse de la vista gorda con los ladrones y convertir al pueblo en mendigos, les presto la respuesta de papá, a falta de otra mejor: Es lo que hay.


La lata de Garbanzos : ladrón
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[1] Guaripete es una pequeña lagartija de vivos colores que abunda en las zonas secas de Venezuela. También es el apodo de muchachos jóvenes, de poco seso, que viven más de su apariencia que del trabajo duro.
[2] Se refiere a un derecho que se otorgaba a los señores feudales, la potestad de mantener relaciones sexuales con cualquier doncella, sierva de su feudo, el día de su boda, quedándose con su virginidad. Las excepciones incluían que el novio pagara (rara vez podía hacerlo) o que la novia fuera muy fea.

jueves, 31 de julio de 2014

Empaque

s. m.Envoltura que contiene productos de manera temporal, principalmente para agrupar unidades pensando en su manipulación, transporte y/o almacenaje


Cinco extraños en el mismo albergue, a la misma hora, hacíamos lo mismo: dejar la carga en las estanterías, en la zona de intercambio. El agua caliente relajaba el cuerpo, y aclaraba la mente. El cartel daba sabiduría e instrucciones: DEJE LO QUE LE SOBRE, TOME LO QUE NECESITE.

Antonio tenía escuelas en Brasil y Melanie producía televisión en Canadá mientras Sonja atendía reptiles en Austria e Ishiro diseñaba circuitos integrados en Tokio. El menor (Franz) estudiaba medicina en Alemania. El tatuaje común: los hombros con marcas rojas, hechas por el roce de las asas del morral. El primer día nos enseñaba que cruzamos los Pirineos con demasiado peso, que no hacía falta tanto. Dejamos ropa, gorras, tenis, botellas de champú, acondicionadores y más. Todo era pesado, innecesario o incómodo. Una chaqueta de microfibra, un mono de media pierna desmontable y dos franelas fáciles de lavar tendrían que ser suficientes.

Antes de dormir, la primera misa del Camino: tres sacerdotes y varios idiomas, bendecían a los peregrinos para el reto, y nos deseaba buenaventura hasta Santiago. Mientras Mel trataba de entender por qué había entrado, si ella de la religión pasaba sin prejuicio ni arrepentimiento, mi mente escuchaba el sermón en background y mis hombros resentían el roce. Mi mente razonaba:

- Aquí toda la gente es nueva, acá no hay que demostrar nada, ¿por qué empaqué tanta tontería? Todos son extraños, todo es nuevo. Tus conocidos, incluida Constanza, están en Caracas. Es momento para reinventarse.

Si uno tiene muchos amigos, debe alegrarse si sólo salen mal dos o tres. Constanza es una de las que nos salió mala. Mala porque aunque todo lo hace de corazón, ella no emite comentarios sino epitafios. Candidata a tener algún grado de Asperger, si le ofreces galletas te responde que le suben el azúcar y se puede morir. Si le muestras un nuevo reloj, te recuerda la inseguridad que hay en Caracas y cuantas personas han muerto el último fin de semana por robo. Si alguien menciona la palabra cáncer, ella responde ¡Horrible forma de sufrir, yo seguro tengo! Hablar más de dos horas seguidas con ella, podría convertirse en causa justificada para lanzarse al metro. La recordé en ese momento porque en el cumpleaños de mi hermano, le regaló uno de sus inusuales elogios:

- Incomprensible. ¿Cómo te casaste con una mujer tan hermosa, siendo tú tan feo?

Él sólo respondió, logrando confundirla y callarla:

- Normal que no lo entiendas, es culpa del envoltorio: ¡Yo con ropa pierdo mucho!

Con excepción de la comunidad nudista, desde que nacemos nos acostumbran a la pena, y a tapar el cuero. Otrora herramienta para el frío, hoy día la ropa nos cambia continuamente, forma parte de nuestra tarjeta de presentación. La acumulamos sin límite. Además, si el vestir o el barbero no fueran suficientes pero el dinero sí, las cirugías reconstruyen narices, muslos, caderas, senos, y cuanto pueda generar complejos, sensación de envejecimiento o distancia de nuestros ideales. La industria del empaque parece no tener límite, mientras cubre nuestros vacíos. Cuenta mi madre que yo era de esos niños que al abrir un regalo, lo dejaba de lado rápidamente y jugaba con la caja. ¿Sería por eso el viejo gusto por las envolturas? La buena noticia es que como todo lo aprendido, es susceptible de desintoxicación, y toma menos de un mes. Usted necesitará sólo diez horas de caminata diaria.

Por todo el norte de España reconoces a los peregrinos por las mochilas, las botas y los bastones, pero sobre todo, aunque no lo notas a primera vista, porque no van muy envueltos. La gorra vuelve a ser para protegerte del sol y la chaqueta para el frío y el viento. Las botas amansadas y la doble media no son para verse bien o ser más alto, sino para protegerte los pies. Una franela debe ser fácil de lavar y exprimir con las manos, secándose con un poquito de sol. Los días van borrando la necesidad de adornos, y a las chicas se les olvida el maquillaje, porque hasta la piel necesita respirar profundamente.

Sólo un mes, para no ser el mismo, para que no te importe más. Luego de un mes, regresando a Caracas, haces otra escala en Tenerife, y lo primero que haces instintivamente es pedir la lavadora para vaciarle el morral. Mientras esperaba para llenar la secadora, rechacé la invitación a salir, no tenía calcetines secos. Fue entonces cuando supe que volvía, mientras mi hermano apuntaba al cuarto de huéspedes, con una sonrisa:

- ¿Para qué esperar? ¿De quién son esas dos maletas a reventar de ropa?

¡Pues mías! Creo. Me quedé un rato mirando el inventario, reconociéndolo. Franelas, calcetines, remeras y shorts de todos colores. La primera impresión fue repulsión, una sensación de desperdicio, de estar viendo ropa mal escogida, poco práctica: ¿Para qué tenía tanta ropa? Debe pesar un montón, esas telas no sirven, tanta costura, tantos botones, no se deben lavar o secar fácil. El morral, que se había vuelto mi casa, sólo tenía espacio para una franela azul y una negra, que eran ligeras, que eran mías. Yo no era esa ropa, yo no acumulaba. Si pongo más ropa hay que sacar la cama (el sleeping bag) o la toalla (el cuero de nadador).

Aunque terminé poniéndome la ropa de la maleta para salir, me acompañaba ese sentimiento de que era ropa prestada, de que ya no me representaba. Si quería buscar algo, era un jean y una franela blanca, sin cuello, ligera y algo transparente, porque lo demás es envoltorio, una forma de ocultar lo que somos, para mostrar lo que los demás dijeron que debemos ser.

Desde entonces, como regla, si compro una pieza de ropa, su equivalente se regala al primero que la necesite. El espacio vale mucho para mí, como para ocuparlo con inutilidades.


La lata de Garbanzos : empaque
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martes, 29 de julio de 2014

Culpa

s. m.Sentimiento de responsabilidad o remordimiento por alguna ofensa, crimen o equivocación, ya sea éste real o imaginario


En mi familia, los hombres tenemos siempre a mano una caja de herramientas. Las mujeres tienen un equivalente: una gaveta con pega (tubos de silicona, una pega “loca” y una latica de pega de zapatero, que nunca será usada para los zapatos). Todos estamos listos para “arreglar” cuando haga falta.

Con la limpieza, el descuido, o simplemente el uso, en casa de mis padres se rompían cosas, teniendo especial predilección por los adornos. Casi nunca roturas fulminantes, candidatas a la pega. Así se repararon materos, asas de tazas, brazos de bailarinas de porcelana, marcos, adornos de vidrio y algún azulejo. En contra del feng shui [1], lo reparado no solo era conservado, sino promovido al uso diario. De lo roto, lo más usado era un plato blanco, astillado en el fregadero. Era un plato sencillo, que no debía costar más de un par de dólares, y que astillado nada valía.

Había tres juegos de platos: dos de la boda de mis padres y otro conocido como “los de diario”. Los primeros eran pesados, decorados con oro y costosos, poco prácticos para el día a día. El temor a romperlos o “descompletar” el juego, reservaba su uso para ocasiones especiales, que nunca llegaron. El plato roto de diario siempre iba a la mesa, siempre para papá, junto a algún clavito de olor [2] de la mezcla de especias portuguesas a base de pimentón que mamá usaba. Ella pensaba que como ya estaba roto, debíamos tentar a la suerte, para que si venía otra astilla, como un rayo, cayera en el mismo sitio. Al final nunca pasó, y por años usamos el plato roto, al que llamamos “el plato de la culpa”. Lo bautizamos así porque cuando preguntamos a mamá: ¿por qué no lo bota? Respondió:

- Es una astilla muy pequeña. Me da pena botarlo, fue mi culpa que se rompiera. Así recuerdo que debo tener más cuidado.

Yo nunca entendí eso de la culpa, y debo admitir que la sentía poco. Según Martha, yo tengo las glándulas del remordimiento atrofiadas. Al parecer no las cultivé lo suficiente, aunque hice lo que todo el mundo: escuché historias tristes, recibí regaños por dejar la comida, estudié en colegio de curas, supe lo que habían dejado de hacer mis padres por cuidarnos, y los domingos en misa repetía al unísono, dándome golpes en el corazón:

- … he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego [3]…

Pese a todo eso, sin remordimiento cancelaba cualquier cita si tenía mucho trabajo o aparecía una mejor opción. Tampoco me importaba si me cambiaban un plan a mí, entendía que todos pueden tener una mejor opción. Cuando eso pasaba, Martha usaba su monosílabo favorito:

- ¿Y?

A lo que respondía sin malicia:

- Y ¿qué?

Eso la ponía de mal humor y volvía la conversa de la glándula. Incluso una vez recurrió a la astrología:

- Si cancelas te tienes que disculpar, prometiendo compensarlo con creces de alguna forma, te tienes que sentir mal, ¿cómo no te lo ha explicado nadie? Lo que pasa es que tu Saturno es mudo. Tu juez es mudo.

Al parecer no se refería al planeta de los anillos, sino a una especie de voz de mi conciencia (que yo había puesto en off) y que permite a los demás manipularte. Originalmente diseñada para mantenerte alerta al peligro, la sociedad la ha vuelto una herramienta de manipulación, muy usada por gobernantes, evangelistas, pastores y cónyuges.

En el mundo de Fernando, la culpa se cultiva en la tierra fértil del remordimiento, en el sentir que no “mereces” las cosas, y que has recibido algo por lo que no pagaste o trabajaste lo suficiente. La iglesia te promete perdón por los pecados cometidos, o benevolencia a los futuros, aunque “no lo merezcas”. Los gobiernos dan misiones, dólares preferenciales, gasolina barata y alimentos regulados, mientras aclara que hace un gran esfuerzo para “regalarte” cosas, que no recibiste antes ni mereces. Luego te cobran caro esa caridad mal entendida, muy caro. Pagas con la moneda de la lealtad, de la aceptación del abuso, de la entrega de tu herencia. La culpa llama al castigo.

Como nada es para siempre, en un desayuno de domingo donde mi papá estaba de inusual buen humor, vio el plato reluciente esperando ser servido. Sin explicación, y creo que sin pensarlo mucho, lo tomó y lo dejó caer al suelo, partiéndolo. Aunque nadie preguntó, respondió:

- Hace tiempo se me quería caer. Mamá y yo ya pagamos suficiente.

Cuando la culpa baja la guardia, entiendes que vive en ti porque la alimentas. Cuando valoras tu trabajo y entiendes tus derechos, el merecimiento crece y ya no estás dispuesto al castigo. La culpa es un sentimiento frágil, que hay que romper para que no te manipule.

De la mayor parte de las vajillas de lujo, dio cuenta el deslave de la Guaira en 1999. De cuidarlas tanto, muchas piezas nunca se usaron y terminaron frustradas y rotas en el mar. Lo que sobrevivió fue promovido “al diario”.


La lata de Garbanzos : culpa
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[1] Literalmente 'viento y agua', es un sistema ancestral de estética chino que utiliza las leyes del Cielo (astronomía) y la Tierra (geografía) para mejorar la vida recibiendo qi positivo. Es una disciplina reconocida ampliamente como pseudo-ciencia. En particular evita mantener cosas rotas o gavetas que no abren con facilidad.
[2] Especie aromática usada para preparar platos dulces y salados. Su sabor/olor es referido como “pasta de dentista”.
[3] Extracto del Acto Penitencial.

miércoles, 23 de julio de 2014

Rico

s. m.Que tiene abundancia de una cosa (dinero, bienes, sabor, ideas, etc)



Durante la segunda cena, Raúl nos contaba de sus invitaciones a Arabia Saudita, donde siempre era acompañado por dos guardaespaldas, una anfitriona y un asistente (cuyo único trabajo era cargar su portafolio). Con más de 50 patentes registradas de productos farmacéuticos, parecía claro que nos hablaba un hombre rico.

Era 1997. Cinco venezolanos y un cubano, sentados en un pequeño restaurant en Grand Place (Bruselas, Bélgica) a la salida de EUREKA. El día había sido largo, pero estábamos contentos y casi todos disfrutábamos la cena. Todos menos Helena, que por accidente había pedido ancas de rana, y ahora compartía la cena con Cecilia. Llegada la cuenta, la pagamos entre todos, y Cecilia ofreció una buena propina. De carácter alegre y gusto impecable en el vestir, a ella también la habíamos supuesto: una mujer rica.

Luego de la cena, mientras caminábamos por la ciudad, buscando el Manneken Pis [1], Helena hizo una pregunta imprudente:

- Raúl, un médico como tú, ¿cuánto dinero gana?

Dicen que las preguntas simples tienen respuestas simples, pero éste no era el caso. Mi hermano mayor decía, cuando yo era chico, que una persona rica es aquella que logra acumular un millón de dólares. Raúl estaba a muchos pueblos de eso, pero respondió con gusto:

- Yo gano casi 100$. Y antes de que me digan nada, les voy a explicar. Yo con eso en Cuba, soy muy rico. Tengo acceso a bienes y servicios que casi nadie tiene, me sobra el dinero. Un médico normalmente gana 20$. Claro, fuera del país es otra cosa. Sólo puedo salir de vacaciones si mi familia me invita. Fuera de mi burbuja, no puedo pagarme ni un hotel.

Mentalmente todos calculamos nuestro salario en dólares. No tenía sentido, tanto conocimiento, tanta experiencia y patentes. La situación escapaba del entendimiento. La imprudencia de Helena sacaba sus conclusiones, y con la delicadeza de un rinoceronte, ofrecía ayuda sin preguntar:

- Mucha burbuja, pero es que eres como un pájaro en una jaula, donde hay mucha comida y columpios, pero no puedes dejarla. No sé si la puerta está abierta, ¿podrías salir del país y trabajar en otro lado si quisieras? Cecilia seguro te puede ayudar. Ella tiene cara de conocer mucha gente.

Raúl prefirió no responder, y sólo murmuró un pequeño: “no lo entenderían”.

Rezagado en la caminata, razonaba con Cecilia la situación. ¿Se puede ser rico geográficamente? Me imaginaba al personal de emigración en el aeropuerto, con un sello que en lugar de “SALIDA” dijera “LIBRE pero POBRE”, prometiendo que si regresas te ponen el sello de “RICO”. ¿Qué pensará Forbes de eso? Ella reía y me explicaba:

- Deja de pensar que la palabra rico refiere sólo a dinero, hay mucho más involucrado. Y deja de pensar en cuanto hay que alcanzar. Eso no tiene fin, y medido así siempre serás pobre respecto a alguien. Yo ayudo a muchísima gente, que tiene más dinero que yo, porque lo que tienen nunca les alcanza. Rico no es el que lo tiene todo, sino al que nada le falta.

Casi 20 años después, con 15 años de revolución, y una inflación digna de libro de records, el salario de Raúl ya no escapa de nuestro entendimiento. El salario mínimo en Venezuela ronda los 50$, con pronóstico de seguir cayendo. Éramos un país rico, un país petrolero, nunca nos calzó eso de república bananera, aunque cambur es lo que sobra. ¿Ya somos un país pobre, o todavía falta? ¿Será que al final es una cuestión de actitud?

Si Cecilia tiene razón, es una pregunta sin sentido, porque no la he completado: ¿Rico en qué? Venezuela seguirá siendo entonces mestiza: rica en sol y clima, en sabores, en humor y belleza; mientras empobrece en aspiraciones, educación y futuro. La envidia y el egoísmo crecen mientras las cosechas se secan. Para que haga sentido, terminemos de retirar la estatua de Maria Lionza [2] de la Autopista del Este, para poner una versión del Niño que mea, que parece ser lo único que nos falta, a los que transitamos por el país.


La lata de Garbanzos : rico
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[1] En dialecto bruselense: Niño que mea. Es una estatua de bronce de 61 cms, situada en el centro histórico de Bruselas (Bélgica). Es un niño pequeño desnudo orinando dentro del cuenco de la fuente. Junto con el Atomium y la Grand Place es una de las atracciones principales de la ciudad, simbolizando el espíritu independiente de sus habitantes.
[2] Una diosa de principios de siglo, adorada por campesinos de la región de Yaracuy, en las sierras de Sorte. Su devoción mezcla ritos católicos, indígenas y africanos; con elementos yoruba y vudú. Aunque indígena, se representa como una desnuda mujer blanca y atlética, con una corona de oro, una rosa y un banderín que reza: protectora de las aguas, Diosa de las cosechas. En su escultura más conocida, extiende las manos y sostiene un hueso de pelvis (símbolo de la fertilidad) montada en una danta que aplasta serpientes (símbolos de la envidia y el egoísmo).

miércoles, 16 de julio de 2014

Silencio

s. m.Ausencia de sensación auditiva, necesaria para tener claridad de nuestros actos y pensamientos.



Como ovejas a paso acelerado, nos hacíamos camino a la salida del metro de Caracas, estación Capitolio. Las metas eran, entre otras, no ser atropellado por el río de gente que acompañaba, sortear vendedores de tarjetas telefónicas, mapas, cigarrillos y todo tipo de chécheres, y estar atento para que no me robaran el celular o la cartera. La firma de un documento requería ir a la oficina de Registro, y el auto no era opción por la falta de estacionamiento en el centro de Caracas.

Como si el tumulto no fuera suficiente, un encuestador encima de un taburete, preguntaba rápido y al azar:

- Señor, señora ¿qué le pide usted al gobierno?

Ignorado por la mayoría, anotaba algunas respuestas, entre serias e irónicas: ¡salud!, ¡trabajo!, ¡seguridad!, ¡pasajes y dólares!, ¡una casa!, ¡que me cambien a mi mujer!, etc. Una anciana, a la que todos esquivábamos porque no caminaba al ritmo del colectivo, volteó al encuestador y le dijo:

- Yo le pido silencio

Sin entender su solicitud, seguí mi camino. Dos horas después, ya firmado mi documento y casi registrado, debía esperar el horario de la tarde para recogerlo. Mientras los oficinistas almorzaban, caminé un rato buscando un banco para esperar, y terminé entrando en la Catedral, donde había muchos vacíos, pues no era hora de misa. En las primeras filas, la anciana de la estación estaba sentaba en una esquina. Como la curiosidad pudo más que el temor a interrumpirle algún rito, me presenté con respeto, y pregunté por su inusual solicitud.

- Si mijo, le voy a explicar. Yo soy devota de la Madre Teresa de Calcuta. Ella decía que el fruto del silencio es la oración, el de la oración es la fe, y de la fe nace el amor. El fruto del amor es el servicio. Al presidente y a su camarilla, los elegimos para servirnos, no para hablarnos sin oírnos. Estoy cansada del ruido.

Ahí concienticé, que estábamos siendo atacados. Algunos pueden haber recibido golpes y cárcel en el proceso, pero el verdadero maltrato socialista del siglo XXI, el que llega a todos, son los recurrentes discursos de odio, las cadenas y la propaganda. Dejaron de servirnos, para ocuparse en convencer y adoctrinar, para matar a la gente desde adentro, para envenenarnos de palabras. Con el tiempo y el desgaste dejamos de luchar y morimos de cansancio, mientras nuestras expectativas dejaron de ser la educación, una casa, un auto o una vida mejor, y se satisfacen con boletos de café[1].

En 2007, en Santiago de Chile, el rey de España Juan Carlos I, con una dosis de malacrianza y falta de protocolo, preguntó a Chávez: ¿Por qué no te callas? Me pregunto si lo que quiso decir fue: ¿Por qué no sirves a tu pueblo? El silencio es servicio.

Luis dice que tenemos una boca y dos orejas, y eso tiene que significar que debemos escuchar con paciencia el doble de lo que decimos. Yo creo que tenemos el derecho a decidir qué escuchar, o parar de hacerlo si está llegando basura. Con tantas cosas buenas por oír, en la calle, en la red, o en la Catedral de Caracas, me niego a seguir envenenándome. Ya no los escucho, aunque sé que tiene sus desventajas. Entrené a mi oído para convertir sus palabras en ruido de fondo, y ahora todos hablan como la maestra de Charlie Brown[2]. Les regalo el resto de la sabiduría de una anciana sin nombre, sentada ante el altar:

- Si quieres encontrar a Dios, Él no está entre el ruido y la intranquilidad, Él es amigo del silencio. Los árboles y la hierba crecen en silencio; las estrellas, la luna y el sol, ¿cómo se mueven? en silencio. Necesitamos silencio para tocar el alma de nuestro prójimo.

Como vivimos en la ironía, esto pasó en El Silencio, una zona antiguamente llamada El Tartagal (1567). Era un nombre más bonito, pero creo que estaban gritando mucho, porque una epidemia causó la muerte a todos sus habitantes, sin palos ni piedras. Así es el silencio, así es el servicio, cuando lo necesita, como nosotros en el metro, se abre camino entre la gente.

La lata de Garbanzos : silencio
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[1] Medio de pago, usado en países de América (Costa Rica, Guatemala, Cuba, Colombia, entre otros). Su origen más probable es la falta de monedas, o su bajo valor. Fueron creados por los cafetaleros para pagar a sus trabajadores, que luego los usaban para comprar en los pueblos. Eran hechos de bronce, cobre, plomo, celuloide, aluminio, hierro, plástico, cuero, papel, cartón y hasta de hueso.
[2] Personaje principal de la serie de tiras cómicas conocida como Peanuts, por Charles Schulz. También refieren a ella como “Snoopy”, el nombre del perro mascota.

martes, 8 de julio de 2014

Éxtasis

s. m.Estado de plenitud, iluminación o claridad espiritual, de índole física, filosófica o espiritual


Con mucha calle en los zapatos, y sin frotar en la alfombra, llegaba a casa de mi tía Natividad, en donde la puerta siempre estaba abierta, para recibir con gusto a propios y ajenos:

- ¡Eu! ¿Cómo estamos por acá?

Sin percatarme del día y la hora, mi comentario interrumpió un rito que exigía silencio. Sentada descalza sobre sus piernas cruzadas, contemplaba desde su silla a su casa reflejada en el piso, refresco en mano. Sólo levantó la mano hacia mí sin voltear, como la cortesía que pedía silencio. Supe inmediatamente que debía cerrar la puerta y volver luego, cuando el éxtasis se hubiera esfumado.

Los sábados, mi tío y los primos tenían que prepararse el desayuno, porque mi tía iniciaba su trabajo en el piso. Levantando sillas, columnas de cerámica y alfombras, el piso de granito blanco se preparaba para recibir detergentes, esponjas, coletos, cera y pulidora. Era un trabajo de horas, que podía terminar muy tarde, sólo interrumpido por hacer almuerzo y hablar por teléfono con mi madre y sus cuñadas.

Al terminar, se sentaba a contemplar el resultado de su esfuerzo. Ese momento de descanso mezclado con satisfacción, exigía respeto. La imagen de los muebles reflejados en el piso que parecía un espejo, ignoraba el cansancio del cuerpo y los asuntos cotidianos. Se trasladaba a un espacio de disfrute y paz, producto del cansancio y la satisfacción del trabajo duro. Imagino que lo compartía con los indios bolivianos de los altiplanos, que usaban las hojas de coca, regalo de Kjana-Chuyma [1], para llegar allí. Mi tía, más moderna, se servía de la coca-cola del imperio, en donde los nativos americanos le abrían el camino a Lemuria [2].

El camino a nuestro espacio de tranquilidad, a nuestra Lemuria, lo puede promover el yoga, la meditación o el deporte intenso. Yo lo he encontrado nadando, mientras veo pasar los azulejos en el fondo de la piscina, en los días de 14 horas, o en el último tramo de las carreras de 10K, cuando las piernas ya no quieren dar más. Mientras más arduos son los días, más prolongado el descanso, más satisfactoria la recompensa.

Cuanto más se lucha por lo que se quiere, y mientras más difícil sea, más valor tendrá la recompensa. Para los que luchan por el país, agradezcan las dificultades, la tozudez de los dictadores, los golpes, el camino y el aprendizaje. Sólo se está mejorando la meta. En lugar de acabar con nuestro aliento, como a los indígenas nos llegará fuerza y nueva energía, para entender el valor de la tierra que nos parió, y por la que no es justo pasar sin dejar huella.

La lata de Garbanzos : éxtasis
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[1] Hijos míos, voy a morir, pero antes quiero anunciarles lo que el Sol, nuestro dios, ha querido en su bondad concederles por intermedio mío: Encontrarán unas plantas de hojas ovaladas. Cuídenlas con esmero. Con ellas tendrán alimento y consuelo. En las duras fatigas que impone el despotismo de los blancos, masquen esas hojas y tendrán nuevas fuerzas para el trabajo. En los desamparados e interminables viajes el camino les será breve y pasajero. En el fondo de las minas donde los entierre la inhumana ambición de los que roban el tesoro de nuestras montañas, bajo la amenaza de rocas prontas a desplomarse, les ayudará a soportar la oscuridad y el terror. Cuando su espíritu melancólico quiera fingir a un poco de alegría, las hojas adormecerán la pena y les darán la ilusión de ser felices. Cuando quieran escudriñar su destino, un puñado de hojas lanzado al viento les dirá el secreto que anhelen conocer. Y cuando el blanco quiera hacer lo mismo, le sucederá lo contrario. Su jugo será un vicio repugnante y degenerador, que les causará idiotez y locura.
[2] Leyenda. Civilización antigua, que existió antes y durante la Atlántida, se ubicaba entre América y Asia-Australia. Al hundirse en el mar, algunos piensan que los directos descendientes de los lemures son los nativos americanos. Otros, que son los Aramu, que vivían entre Perú y Bolivia en el lago Titicaca, originando el imperio Inca luego del desastre continental.

martes, 1 de julio de 2014

Perdón

s. m. Acción y resultado de olvidar la falta que alguien ha cometido, desechar u olvidar la deuda.


Recibir la Compostela(1) con tu nombre en latín, es parte de los regalos del Camino de Santiago. Simboliza el perdón de los pecados cometidos hasta entonces en la vida, entendiendo la peregrinación como una penitencia. Además, te incluye en la misa del peregrino, donde los sacerdotes te dan la bienvenida, por tu nombre y el país de dónde vienes. Es un momento gratificante, que recomiendo a todos. Supongo que en el siglo pasado, el Camino debió ser una travesía dura, pero hoy es un espacio de disfrute, lleno de ecología, arte, arquitectura, buena comida e inmejorable compañía, aunque no por ello, libre de esfuerzo.

La catedral cuenta con muchos confesionarios, para la escucha de imprudencias en todos los idiomas: pecados en francés al confesionario 5, en portugués al 6, en español del 1 al 3, Pro Linguis Germanica et Hungarica en el 7. Hay que reconocerles una gran organización y disciplina, necesaria para calmar la angustia de tanto visitante, en la oreja sin cara de quien esté del otro lado de la ventanilla.

Salí de la misa razonando el sermón, porque yo tengo la mala costumbre de analizarlo todo:

- Claro, yo vine de vacaciones, no a que me perdonen. Y no es que falte algo por lo que pedir perdón, pero éste es uno de los grandes… ¿se podrá ahorrar para pecados futuros? como un programa de puntos: pecados pequeños 10 puntos, pecados grandes 25 puntos, gula 21 puntos y así. ¿Se lo podré regalar a un gobiernero de los que ha destruido mi país? Seguro le hace falta.

Los peregrinos llegamos con eso de "pedir perdón" ensayado. Hay al menos dos puntos en el Camino francés para eso. El primero está en los campos de trigo de Navarra: la cima del Alto del Perdón(2). De lo que fue, hoy sólo queda una hilera de turbinas de viento a lo largo de la cordillera, marcando la modernidad en el camino de la tradición. Las esculturas de hierro ya ni siquiera voltean a mirarte. Antes de llegar, ya ha hecho uno penitencia con el esfuerzo de la cuesta. El segundo es La Cruz de Hierro, uno de los cruceros(3) ícono del camino. Es una bella cruz de hierro forjado, sobre un gran poste de madera, asentada en una colina de piedras que crece.

Cuando decides hacer el Camino, es tradición llevar una piedra de tu hogar, escrita o envuelta con tus deseos escritos, y dejarla en la cruz. En el crucero “más cerca del cielo”, Dios da prioridad a los perdones y peticiones en las piedras, una especie de pase VIP. Aunque no dejaba de pensar que me “coleaba”, dejé las piedras que llevaba (la mía, la de Gilberto y la de Cris).

A diferencia del Alto del Perdón, la Cruz de Hierro está rodeada por un paisaje envolvente. El cielo parece visto por un lente de ojo de pez, como si los bordes del azul se cerraran en la tierra, amparados por la ubicación, la altura y tal vez una dosis de cansancio.

El garbanzo no llegada. “Perdón”, ¿qué significa realmente? ¿Cuáles son los límites? Mientras dejaba la cruz pensándolo, en mi cabeza había música de fondo, el ídolo cantaba:

- Perdóname, perdóname, si hay algo que quiero eres tú …

Entonces ¿perdonamos sólo cuando queremos? ¿Qué es el resto? Paciencia y resignación. Si mal no recuerdo, todo pecado fue pagado en la cruz, sacrificando al cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. El tetelestai(4) en el recibo lo comprueba. Mi entendimiento no da para esto, o al menos para aceptarlo, como decía mi abuela: “No me da la cabeza”. “Un paso a la vez” es siempre un buen consejo, así que por ahora el perdón es olvidar la falta cometida sin intención, o que pueda revocarse sin consecuencias.

Mientras crece mi conciencia, me conforta pensar, que benevolencia y justicia llegarán juntas, mezcladas con la ironía. A los que en Latinoamérica tienen sangre en las manos, por acción o complicidad, les llegará el día de pedir perdón, y aunque haya arrepentimiento profundo y honesto, oirán latir la sien del jefe tras la corona de espinas, y les responderán como a los venezolanos en los supermercados y farmacias: Lo siento, no hay.

La lata de Garbanzos : perdón
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(1) La Compostela es un documento del Cabildo Catedralicio de Santiago que certifica la peregrinación por motivos religiosos o espirituales a Santiago. Para conseguirla, se debe mostrar la credencial, donde se ha ido sellando y poniendo la fecha a lo largo del Camino, como por ejemplo en los refugios en los que se ha dormido. Para conseguirla se debe llegar a Santiago tras andar al menos 100 kilómetros a pié o 200 en bicicleta. Está escrita en latín.
(2) La sierra del Perdón va desde el puerto del Carrascal hasta el valle de Echauri. En medio de esta montaña se encuentra el puerto de Erreniega, por donde cruzan los peregrinos que van desde Pamplona a Puente la Reina. Hasta mediados del siglo XIX hubo aquí una ermita dedicada a la Virgen del Perdón y un hospital de peregrinos.
(3) Cruces altas de piedra, hierro o madera, son elementos devocionales integrados al paisaje que se encuentran en medio de los núcleos de población, encrucijadas, cementerios, atrios y bordes de caminos. Reflejan el sentimiento supra natural que rodea la vida tradicional del campo gallego. Tradicionalmente barrocos, se levantaron entre los siglos XVII-XIX, aunque no faltan algunos medievales.
(4) Palabra griega que se traduce como “consumado”. Era utilizada para estampar el sello de “pagado” en un recibo, y también era el sello que se ponía sobre los cargos contra un criminal, una vez que había cumplido su sentencia. Un tetelestai era clavado en la puerta de la casa, comprobando que realmente él ya había pagado por sus crímenes.

lunes, 23 de junio de 2014

Cuero

s. m. Pellejo que cubre la carne de los animales. Curtido y preparado tiene uso doméstico e industrial.

Durante más de diez años trabajé en cerveceras. Los maestros cerveceros, después de años de estudio y pasión por lo que hacen, regalan al colectivo lo que parece ser uno de los pocos placeres que todos se pueden pagar en Latinoamérica. Cuando estamos rodeados de profesionales que dan lo mejor que tienen, a uno no le queda más que hacer lo mismo.

En países donde se toma tanto y tan rápido, no damos tiempo a que la cerveza se oxide, y si pasa le ponemos limón para matar el sabor a cartón. Es la bebida de todos, porque como dijeron a un periodista español:

- En este país, el que no puede pagarse una cerveza, está bien jodido.

En una agencia de los llanos, esperando a que hicieran inventario, Carol, Jesús y yo nos quedamos hasta tarde, esperando al cierre para empezar nuestro trabajo en sistemas. Terminado, caminábamos hacia el taxi que nos esperaba. Con la complicidad de la sombra, Carol resbaló y cayó sobre una paleta de madera, haciéndose un raspón en una pierna con una de las grapas. Mientras nos acercábamos a ayudarla gritaba molesta:

- ¡Jo! con lo que mi madre me cuidó el cuero de niña.

Llamó mi atención que no viera el raspón en la piel o en las piernas, sino en “el cuero”. ¿Era esa una expresión apropiada? Yo cuero lo asociaba a vaca. Mientras la atendían en un centro cercano, hablaba con la enfermera:

- Mi madre siempre cuidó mis piernas, para que no tuvieran marcas, porque las cicatrices son para las niñas de los barrios. Siempre vestíamos pantalón, para que el cuero tuviera otra capa. Ya de grandes usaríamos orgullosas las faldas. Las cicatrices y tatuajes son para documentales en las cárceles, o para gente que ha vivido mucho.

Me quedé pensando: ¿Tenía yo piel o cuero? ¿Cuánto había vivido? Porque respiraba, pero para haber vivido había que estar marcado. Recordé a mi papá diciendo que si yo había nacido para buey, del cielo me caerían los cachos, imagino que traerían cuero. Además estaba mi oído de perro, mi terquedad de mula y otros. Pero ¿cuero? Empecé a buscar las marcas.

La barbilla, recordé romperla dos veces, curada con capas del ahora escaso “papel toilette” y merthiolate. El pecho, de la semana que estuve en cama, porque el choque de mi patineta con un ciclista me hizo aterrizar en el asfalto, dejando ropa y piel. Mis rodillas contaban al menos una veintena de puntos en varias visitas a la sala de emergencia. Dos de las tres veces recuerdo ir avergonzado en domingo al cuarto de papá, agarrando las cortadas por las que bajaban hilos de sangre. No había que decir nada, él sólo me miraba y decía:

- ¿Te hiciste otra cuchara verdad? Ya te llevo al hospital.

La última vez, me quité los puntos. No era difícil, ya lo había visto mucho. Fue cuando Tacoa [1] ardía en llamas y los hospitales estaban colapsados. Médicos y enfermeras tenían mucho que atender, y yo curiosidad suficiente para intentarlo.

Del cuero pasé a pensar en los esguinces, al yeso. ¿Y los raspones? Porque cuando uno aprende a despegar en un parapente, hay suerte si lo peor es un raspón, y no clavos en la mano rota. Parece que parte de vivir es romperse, por fuera y por dentro, al menos cuando uno es torpe, pero eso no lo detiene.

Una vez en clase de grafología, José Manuel me dijo que hacía demasiadas actividades, y que las escogía peligrosas. Le parecían de gente que inconscientemente se quería morir, mientras yo y Carol pensábamos que era de gente que estaba viviendo. Yo sólo quería adrenalina y distancia. Si lo pienso bien, no hay actividad más peligrosa que vivir en Caracas, y es poco probable que sea un suicidio masivo inconsciente.

A Venezuela para entenderla, hay que verla alguna vez desde el aire en un vuelo frío, donde aunque uno se desplaza, parece que es ella la que se mueve. Y cada cierto tiempo hay que regresar a este país desde otro, donde uno recuerda lo que es normal. Si estamos demasiado tiempo dentro y en el piso, lo malo se hace costumbre y el conformismo se pega.

Vivo en un país de líderes vivos, que se lo tatúan en la piel y van a la cárcel. Uno donde los estudiantes ponen la piel para llevar golpes y marcas, para que les traten como animales y les marquen el cuero, como la última ofrenda. Lo insólito es que ya a nadie le parece algo raro. Pagamos el precio de querer algo impredecible y exótico: vivir en Venezuela.


La lata de Garbanzos : cuero
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[1] 19 de Diciembre de 1982. Desastre originado por un incendio en la planta de generación eléctrica “Ricardo Zuloaga” ubicada en el sector Arrecifes de la población de Tacoa del para entonces Departamento Vargas del Distrito Federal. Fallecieron más de 160 personas, entre ellos 9 comunicadores sociales; así como bomberos, policías, etc.

lunes, 9 de junio de 2014

Perro

s. m.Animal mamífero y cuadrúpedo domesticado hace miles de años y que, actualmente, convive con el hombre como mascota.
Hay hábitos difíciles de adquirir, como el gusto por la música clásica y por la lectura. Dicen que vienen con el tiempo, y que tratar de provocarlos es en vano. Yo reconozco que escribo más de lo que leo, pero como no hay día que no llegue, ya eso cambiará.

En el colegio, escasas veces me iba mal. Trabajar en la bodega de papá me dio velocidad para las matemáticas, por lo que salía aburrido del salón o sólo dibujaba, cuando los otros niños aprendían a sumar. Una de esas malas notas vino por no leer a cabalidad “Las Lanzas Coloradas”; en su lugar yo me había entretenido en la biblioteca, con la biografía de un nombre que había escuchado el día antes en un bar: Mark Twain. La culpa fue de la vaca.

Cochabamba era el apodo de la regente de una pensión en Maiquetía, inusualmente culta. Con su acento inmigrante, solía llamar por teléfono a hacer sus pedidos, que yo entregaba cuando estaban listos. Era una pensión bastante popular, donde se hospedaban prostitutas de un famoso burdel del litoral (El pez que fuma) y trabajadores del puerto. Mi tío decía que la madre de Cochabamba le tenía rabia, porque le puso nombre de vaca.

En una de esas entregas, mientras Cochabamba salía de la cocina, me quedé mirando fijamente a su regordete amante de turno y a su perro, ambos dormitando recostados de la rockola, mientras el ventilador les refrescaba el calor. Fue entonces cuando escuché:

- Mark Twain está equivocado, no hay diferencia entre un hombre y un perro. Si los recoges muertos de hambre y los engordas, no te morderán.

Me encogí de hombros, recogí mi propina, y una frase tan folclórica como lapidaria:

- ¡Es que son lo mismo: hombre feliz y perro! Sólo le piden a la vida 4 cosas: comer, cagar, tirar y dormir.

Este fin de semana, casi 30 años después recordé a Cochabamba. En el auto mercado había una cola infernal para comprar azúcar y café (ambos productos regulados por el gobierno a precios muy bajos). Los compradores salían de pagar en la caja como si hubieran visto a Dios. Una alegría inexplicable. Pensé que ella siempre tuvo razón, y que el gobierno lo sabe, por lo que hará lo posible para que “comer” esté garantizado, a muy bajo costo. Ya cada uno se buscará los otros tres placeres. Como los perros de Twain, nunca le morderán, serán fieles al amo, aunque les trate mal. Sólo valdrá el instinto, y perderemos la percepción del tiempo, sólo habrá presente. Es que ahora entiendo al Mar de la Felicidad.

Escogí algunos pensamientos de Mark, tan vigentes para Latinoamérica como el día en que los escribió. Me fueron más trascendentes que Las aventuras de Tom Sawyer o las de Huckleberry Finn, las analogías son tan obvias que sería ofensivo mencionarlas:

- No ande por ahí diciendo que el mundo le debe su sustento. El mundo no le debe nada. Estaba aquí antes.
- Ni la vida, ni la libertad, ni la propiedad de ningún hombre está a salvo cuando el legislativo está reunido.
- Al principio de un cambio, el patriota es un hombre escaso y valiente, odiado y despreciado. Sin embargo cuando su causa tiene éxito, el tímido se le une, porque entonces ser patriota ya no cuesta nada.


Desde los remanentes de mi conciencia crítica pienso: ¿Será que la oposición debe llegar con un periódico enrollado y golpear el piso? Alguna vez escuché que era una buena forma de llamar la atención y hacer entender a las mascotas que están haciendo algo mal.

Twain vivió de 1835 a 1910. En 1909, dijo:

- Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no lo hago. El Todopoderoso ha dicho: Están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir. ¡Ah! Lo espero con impaciencia.

Su predicción se cumplió: murió de un ataque al corazón, a los 74 años, el día antes del retorno del cometa. Obviamente, se perdió ver la actual Venezuela, a la que seguramente se hubiera mudado sin pensarlo, para tener lo que siempre quiso, una vida de perros.


La lata de Garbanzos : perro

viernes, 23 de mayo de 2014

Moral

s. f. Creencias y normas que guían el comportamiento de las personas, siendo el parámetro para saber cuándo algo está bien o mal.
Con un casco que difícilmente le cubría las orejas, Dolores sorteaba el tráfico de las 5:30pm en Caracas, agarrada del conductor de la moto-taxi. Se había prometido no hacerlo más, porque ir en moto la hacía sentir vulnerable, pero se había retrasado en sus informes para la junta, y no quería llegar tarde a clase otra vez. Entonces, dejó su carro en el estacionamiento del Centro Empresarial. Algún compañero le llevaría de vuelta.

Todo normal hasta San Bernardino, cuando su conductor se detuvo en el semáforo rojo, frente a una parada de autobús. Allí estaba una anciana bien vestida, que parecía haber salido de la clínica, esperando a su chofer. Con la moto detenida, el conductor aparentemente zurdo, se persigna con la mano derecha y saca una pistola con la izquierda, apuntando a la anciana y pidiéndole la cartera. Ella, visiblemente sorprendida, lo mira con asombro y se la entrega. La moto cruza la calle mientras el conductor hábilmente coloca la cartera recién robada a su espalda, en el regazo de Dolores.

Ella se sentía aturdida, como si fuera a desmayarse, mientras un policía imaginario o un testigo armado los perseguía, disparándole en la espalda, convertida ella como estaba, en un escudo. Por fortuna nada de eso pasó y llegaron al instituto, donde Dolores, pálida como una hoja de papel, se bajaba con cautela, devolviendo el casco y ofreciendo su propia cartera. El motorizado sólo le recibió el casco:

- No se equivoque señora, yo no robo a mis pasajeros, son 60 bolívares.

Controlando sus nervios, sacó un billete de 100 y se lo entregó. El motorizado revisó entre sus billetes para darle cambio y reunió 30 bolívares, los 10 que faltaban los encontró en la cartera robada. Dolores no dijo palabra, sólo quería que se fuera. Aun temblando, entró al salón y nos contó su travesía. El irónico tema del día: “Ética de la empresa”, acababa de cambiarse por: “Moral del motorizado”.

El estudio de casos era el mecanismo predilecto del programa que cursábamos, pero los casos siempre estaban preparados y los profesores sabían cómo manejarlos. Esta vez teníamos uno fresco, al que tal vez por error, trataron de sacarle punta.

Como siempre, hay un grupo de rebeldes que defiende al que consideran más débil, aunque no lo sea, tratando de amortizar sus acciones con cualquier atenuante que pueda confundir a la audiencia, con grises donde muchas veces sólo hay blanco y negro. Nuestros pocos defensores de los desvalidos, compararon al motorizado con Robin Hood(1), destacando su fe, reflejada en la señal de la cruz antes del robo y su compromiso de cumplir al cliente. En lugar de espada, llevaba una pistola, porque se entiende que estamos en una época distinta. Además, uno de ellos se negaba a llamarlo robo, y prefería referirse al incidente como una recuperación de su patrimonio, venido a menos por la injusticia social en Venezuela. Dolores, visiblemente ofendida, les respondía en un tono que seguramente en otras circunstancias no usaría:

- Presos deberían ir ustedes con él, por secuaces y alcahuetes. Su familia no les enseñó que no se debe robar. ¿Les hubiera parecido divertido si estuvieran en mi lugar? Por morales de papel como las de ustedes, es que este país está destruido. No compartan mi mesa en la cena, porque van a pasar un mal rato. No sé quién es más culpable, el que comete el delito o el que se hace ciego y no lo condena.

La mitad de los rebeldes recogía su opinión, reconsiderándola o temiendo que Dolores les golpeara. Los pocos que se mantenían en pie, al mejor estilo del que se equivoca y no reconoce su error, alzaban la voz y se radicalizaban:

- Al final no te pasó nada, sólo un susto que contarle a tus nietos. ¿Y la otra parte de la historia? Ese pobre hombre, ¿quién sabe las necesidades que tiene? Estamos en un país de injusticias, donde la necesidad tiene cara de perro. Ese termina muerto más temprano que tarde y “se acabó”. Le das demasiada importancia. Déjalo para un “reality show”. Al final a ti no te robaron nada ¿o me equivoco?

Yo reconozco al equivocado por su necesidad de gritar, para que el otro se calle, mientras se siente perdido. Cada vez más ofendida, Dolores trataba de contener la calma:

- Entonces todo está bien. ¿Yo debo desearle la muerte para sentirme protegida? ¿Qué hace falta para que les parezca mal? ¿Qué me hubieran matado? ¿Que la anciana fuera familia de alguno de ustedes? Mañana le voy a pedir a mi marido que me acompañe a clase, con su arma de reglamento, para que tengas una anécdota que contarle a tus nietos. Llega temprano para que no te la pierdas.

El profesor calmó las aguas y suspendió el debate, Dolores estaba muy involucrada. La calma se sirvió con la cena, junto a la indignación y las ganas de venganza. Y es que para hablar de ética y de moral hay que empezar por distinguir lo que está bien de lo que está mal. ¿Existen las cosas “medio malas” o “neutras”?. ¿Dónde pasar una raya? Venían a mi memoria esas clases de lógica difusa, en donde las cosas no eran ciertas o falsas, blancas o negras, ceros o unos, sino que valía: “bastante cierta” o “casi siempre falsa”.

Alguien asomó un lugar común: Está bien si puedes dormir tranquilo. Pero para eso hay desde Valium, valeriana y otras hierbas, hasta un tetero de lechuga. Aún más fácil, si no tenemos vergüenza ni respeto por los demás, en un éxtasis de egoísmo podemos explicar cualquier acción. ¿Dónde se le perdieron los principios al motorizado? Si es que los tuvo alguna vez. O ¿es que su historia es sólo de finales? ¿Qué aprendió de su heroína, en su casa sin papá? ¿Alguien de su familia le trajo sopa?

Mi papá decía que el que roba un lápiz o una fresa, puede robar un banco, porque no es menos robo si lo que uno se lleva es poco. La moral es como una semilla de manzana, hay que cuidarla mucho, para que un día sea el árbol fuerte que dé frutas. Necesita mucha agua y respeto, el ejemplo de la casa, para que se haga costumbre y no se pueda vivir sin ella de adulto.

Mientras el motorizado duerme tranquilo, Dolores le desea la cárcel o peor, mientras aprende a vivir con miedo y se siente vulnerable y abusada. El Libertador debe estar revolcándose en su tumba recién profanada, porque a su país se le dobla la moral, y de paso le parpadean todos los días las luces.

Las palabras complicadas tienen casi siempre una forma simple. Moral puede tener mucho latín para filosofar (moris - costumbre), pero es harina del mismo costal, adorno en el mismo árbol. En mi mundo de muchos, como la honestidad y tantas más, la moral es la fruta de la buena semilla.

La lata de Garbanzos : moral
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(1) Según la leyenda, Robin Hood era un barón de gran corazón que vivía fuera de la ley, escondido en el bosque de Sherwood, cerca de la ciudad de Nottingham. Hábil arquero, defensor de los pobres y oprimidos, luchaba contra el sheriff y el príncipe Juan, que robaban a los pobres para agrandar las fortunas de los nobles.

Sobre este garbanzo se ha escrito en:


¿Cómo definimos la moral? ¿Distinguimos el bien del mal? Acompáñanos en este rico debate, muy necesario en los tiempos que corren.
www.inspirulina.com/moral.html

sábado, 19 de abril de 2014

Malabarista

s. m. Persona que practica ejercicios de equilibrio y habilidad lanzando al aire y recogiendo diversos objetos o manteniéndolos en equilibrio inestable.
Cuando era niño, una vez por año llegaba el circo a mi ciudad. Su parque de atracciones ocupaba un gran lote de terreno baldío a tres manzanas de casa. La montaña rusa y los malabaristas eran mis atracciones favoritas. Me impresionaba verles volar balones, pines de boliche, y especialmente los bastones en llamas. Eran luz y calor en movimiento. Yo nunca pude mantener siquiera tres naranjas en el aire. Hablamos del inicio de los años 80.

En 2008, con la revolución bonita, llegó a Caracas otro circo. Esta vez sin terreno, carpa, ni venta de boletería. Sus malabaristas se repartieron por toda la ciudad, con especial predilección por los semáforos. Niños y adultos de cualquier edad giraban piedras, botellas, pelotas, mangos o los bastones en llamas al llegar la noche. La función duraba lo que la luz del semáforo, menos diez segundos para pasar por las ventanas de los carros cercanos a la cebra y pedir algunas monedas que retribuyeran el entretenimiento de ocasión.

Una tarde, de camino al postgrado, se detuvo el tráfico por una riña entre el artista de ocasión y un taxista, que reclamaba molesto por un responsable de la abolladura en el cofre, hecha por una piedra mal manejada. Esos minutos me hacían llegar tarde a clase, con el riesgo de perder la asistencia, control que me parecía inútil e infantil, pero yo no ponía las reglas. Era una de esas “materias blandas” que a los ingenieros nos costaba tragar, pero que debían complementar el conocimiento técnico. Mientras entraba explicaba mi inusual retraso:

- Un malabarista dejó caer una piedra, eso provocó una cola, mal humor y mi llegada tarde, ahora perderemos un poco el tiempo de todos mientras me incorporo y le respondo su pregunta sin genuina preocupación.

La respuesta a mi relato no fue la que esperaba:

- De acuerdo. Sólo espero que la piedra que dejó caer el chico, fuera la del trabajo.

Sin intención, acababa de cambiar el tema de la clase de ese día. Caminé hasta mi asiento pensando que me había topado con el segundo loco del día. Me disculpé haciéndole saber que no entendía. Lo aclaró enseguida:

- Malabaristas somos todos. Cada día, con o sin público, hacemos malabares repartiendo el poco tiempo que hay entre objetos en el aire. No usamos piedras o bastones, sino nuestros mayores bienes: nuestra familia, amigos, fe, trabajo, salud, amor y paz. Mientras corremos por la ciudad, les prestamos la mayor atención posible a cada uno, porque ninguno puede desatenderse. Prepotencia y adrenalina nos hacen creer infalibles, pero sabemos lo que pasará tarde o temprano.

Una metáfora bonita, pero ¿de utilidad? Era claro que por más atención que se prestara, en algún descuido alguno puede caerse. ¿Qué hacía entonces?

- Si es inminente dejar caer uno, que sea el trabajo, entérate ahora que es el único de goma. Lo demás es de cristal, si cae nunca volverá a ser lo mismo, aunque trates de repararlo con el tiempo y atención que no dedicaste antes. Si tu trabajo no te deja tiempo para el resto, despide a la empresa donde trabajas, renuncia. Al llegar al piso rebotará probablemente más alto que antes, en un trabajo mejor. Es sólo un consejo, no un mal augurio. Algunos piensan que el trabajo es el sol, sobre el que orbita lo demás, alimentándose de su luz. Es un truco mal montado. El trabajo es como una luna que gira alrededor de nada.

Me hacía sentido. La clásica reserva el domingo para el descanso, incluía el disfrute y adoración al sol (sunday), lo que me confirmaba que tenía sentido que el trabajo no podía serlo. Nos dieron un minuto para pensar: ¿Cuándo fue la última vez que atendimos nuestros valores? ¿Seguimos girándolos alrededor del falso sol? Éramos invitados a abandonar la clase si alguno de nuestros valores debía ser atendido en ese momento. Formarse para ser un mejor profesional no debía ocupar el espacio de algo más importante. Erradicar la costumbre es cosa seria.

La última vez que fui a la playa (a mi ciudad de infancia) pregunté por el circo. Resulta que ya no viene. Dicen que es porque la gente ya no tiene dinero para las entradas, pero yo creo que es porque lo que hacían dejó de ser extraño, y hoy vemos en la calle a cualquier hora realidades más sorprendentes que la fantasía que mostraban. Además, tendría que buscar un nuevo espacio, en aquel lote vacío hace décadas se construyó una agencia del Banco de Venezuela, que irónicamente si mal no recuerdo era de un grupo español. Ahora creo que es de todos, lo que probablemente signifique que no es de nadie. Otra de las regularidades de vivir en este Macondo, uno por donde hace más de una década no vemos a un Buendía.

viernes, 7 de marzo de 2014

Paciencia

s. f. Del latín patientia: capacidad para tolerar, atravesar o soportar una situación sin experimentar nerviosismo ni perder la calma.
El 2014 es recordado en Venezuela por la fractura final del chavismo. En realidad, en palabras de Luis Aguilé, por eso y muchas cosas más. La falta de alimentos básicos (leche, arroz, azúcar, pollo, harina de maíz, aceite y más) se compensaba en las calles con abundancia de represión, censura, irrespeto a las leyes y bombas lacrimógenas. En Cuba imaginaron, que para presidente de la quinta república del 2013, había que entrenar a un ingenuo conductor de la clase obrera, con licencia también de quinta. Sin embargo, no fue suficiente, en un país que se había fracturado en municipios ideológicos, que sumaban dos mitades de tamaño exacto nunca revelado.

Viviendo en Chacao, con ideología de oposición, asistí tanto como pude a marchas y concentraciones. El atuendo repetía gorra, bloqueador, blue jean, tenis y franela blanca, a usanza de las manifestaciones adecas de mi infancia, de donde por cierto, probablemente haya migrado la mayor parte de la militancia roja. ¿Por qué rojo? Puedo adivinar que es el antiguo borgoña o vino tinto de nuestros militares del siglo 18, y de la selección de fútbol, transformado al rojo de la bandera. Un rojo que disimularía la sangre que pensaban derramar, en la lucha que iban a dar, y por la cual muchos estaban dispuestos a dejar la vida. Eso era compromiso, he de reconocerlo.

En una de las concentraciones conocí a Job, un personaje tan inusual como el santo del que sacó su nombre, y del que había heredado lo que consideraba su mayor virtud: la paciencia. Padre de un estudiante llamado Santiago (feliz coincidencia) lo acompañaba a marchar de mala gana, vigilándolo mientras lo frenaba agarrándolo por la espalda, del cuello de la franela, para evitar su ímpetu de enfrentar a la Guardia Nacional. Al mismo tiempo, le recordaba:

- Esta no es nuestra lucha, nuestras herramientas son la oración y la paciencia. Mira como yo esperé, y ya vi pasar el cadáver del primero frente a mi puerta.

Entre sorprendido y molesto, trataba de entender. Si no era su lucha, entonces ¿Era la de quién? Porque salvo que fueran turistas, estábamos en el punto donde ser indiferente era sinónimo de ser complaciente y cómplice. Era resignarse a ser el sapo al que estaban calentando lentamente.

Mi amiga Cris se cansó de decirme como me veía de bien cuando estaba callado, pero yo nunca aprendí. Las clases de inteligencia emocional las aprobé a duras penas. Dejé saber a Job mi opinión, con lo que logré que soltara de mala gana a Santiago y se concentrara en mis argumentos. Algo de lo que decía tenía sentido:

- Sólo un padre puede entenderme, yo no tengo que poner los muertos. Ustedes no diferencian un problema de una situación. Los problemas tienen solución, a las situaciones hay que acostumbrarse y vivir con ellas. Es como acabar siendo diabético, hay que aceptarlo y lidiar con eso, resistirse y pelear con lo irreversible es sufrir más. La paciencia es la virtud que nos trae la calma.

Mi molestia sólo crecía. La sensación de que el gobierno había desarrollado diabetes me hacía sentido, aunque sabía que ese no era su mensaje. Ardía de imaginar que la quinta república era una “situación”, porque era aceptarla como irreparable, cuando en realidad estábamos ante un "problema", uno que había que solucionar, uno que estaba en nuestras manos. Los demás países, mayormente fueron testigos mudos, cuidando de sus propios intereses y corrompidos por el oro negro. Todavía me avergüenza no haber escuchado en ese entonces declaraciones fuertes de Cavaco Silva contra la situación, siendo tan grande su comunidad de portugueses en Venezuela. Como decía Cris, no sabía de cuál de mis dos presidentes sentir más vergüenza.

¿Qué más hacía falta para vencer la indiferencia y la apatía? ¿Hasta dónde éramos capaces de soportar los que apostamos por el país? Abandonar la resistencia del 2014 no hubiera tenido vuelta atrás, era un acantilado al que la corrupción y el vicio por el poder de muchos nos querían entregar muertos al mar. Yo hablaba, pero no me oían:

- Recuerda que no hubo carnaval. No disfraces a la resignación de paciencia, para vendérmela. Abandona esta depresión colectiva que llamamos país. A este problema, dale respuesta, participa, ayuda activamente, no es hora de esperar en casa a que pase el tiempo y otros hagan la tarea.

Tenía tanta frustración, sentimientos y encuentros, que llevaría demasiado tiempo expresarlos acá. Para hacer lo que prometí (un cuento corto) resumo diciéndoles que al final Job tuvo razón, me cansé de tratar de cambiar su punto de vista, prefiriendo conciliarlo con el mío, y me despedí amistosa e irónicamente:

- Gracias por agregar a mi diccionario el garbanzo de la “paciencia”. Espero que tu hijo no la haya heredado. Él, sin tener memoria de “la cuarta” que no volverá, intuye que no merece la miseria de “la quinta”. Con todo el respeto que merece un extraño, acepto que eres un paciente, entonces estás enfermo, eres un cobarde.

A unos metros, Santiago trepaba la tarima, para acercarse a los estudiantes que hablaban a la concentración. No pude evitar imaginar al apóstol Santiago el Mayor, en sus advocaciones española y peruana de Matamoros y el Mataincas, animando las batallas como el hijo del trueno, mientras pensaba: bien dicen que no hay dos sin tres.


La lata de Garbanzos : paciencia

lunes, 24 de febrero de 2014

Elección

s. m. Opción que se toma entre varias, en función de una preferencia.
Dice la sabiduría popular, que el hombre es un animal de costumbres. Tengo conocidos a los que les calza esto por lo de “animal” y no por la “costumbre” pero ése es otro garbanzo. Una de esas costumbres, era subir montaña los sábados. Siempre muy temprano, para no pensar en todas las excusas para quedarme durmiendo.

A pesar de haber dormido poco la noche anterior, ese sábado subí al Ávila. Al llegar me acosté en la grama a tomar algo de sol como una iguana, cerca de un joven que conversaba con la que podría ser su madre, en un banco a unos metros. Mi abuelo decía que tengo oído de perro, por lo que escuché su conversación. Reconozco que no hice mucho esfuerzo por evitarlo.

Sin quererlo, estaba de oyente en una consulta privada. La señora resultó ser una clarividente y el muchacho algún amigo o cliente, con una duda ya tan popular como aburrida: irse o no del país. Al principio pensé que debía alejarme, pero el pensamiento no duró mucho. Esto escuché:

- Andrés, gracias por la invitación, fue un buen ejercicio y la vista una gran recompensa. Dime ahora ¿qué quieres saber? ¿Cuáles cuerdas tientan tu mano? ¿Qué pasa con Alicia?

Andrés habló por un rato de una relación que se había vuelto aburrida y gastada, culpando a un país que los estaba abrumando. Quería cerrar un ciclo y abrir otro, pero no lograba dar el paso de abandonar lo que había construido: un trabajo regular, una casa y dos hijos acostumbrados a sus abuelos. Necesitaba saber, dónde estaba su futuro. Esto recibió como respuesta:

- En tu futuro siempre estará Venezuela, porque el vínculo de nacimiento no se puede romper. Puedes ir prestado a otras tierras, pero ésta siempre será la tuya. No hay un solo futuro, aunque a veces lo parece. Todos los días, a toda hora tienes opciones. Yo he tenido la bendición de ver esas opciones, parte de ese mundo invisible a la mayoría. Veo en el aire cientos de hilos que nacen de cada ser vivo. Cada cuerda es un camino que te lleva si lo deseas, a un espacio distinto, a un futuro diferente. Aunque muchas cuerdas terminan en el mismo sitio, recorren tiempos y lugares distintos. Yo no debo decidir en tus cuerdas. Si te sirve de ayuda, las dos que se te presentan ahora llevan a la misma tierra.

Con cara de resignación, Andrés agradecía la respuesta, aunque notoriamente no era la que esperaba. Luego de un rato de silencio ella continuó:

- Quieres escuchar otra cosa. Entiende lo que te digo. Si quieres irte hazlo, vuelve lo que tienes mil pedazos, es tu decisión y tu derecho. En una de las cuerdas hay nostalgia y tristeza, porque la emoción de lo nuevo no puede ser sino eso, algo que dura lo que tarda la novedad en convertirse en costumbre. Paga el precio del dolor y tendrás lo que ansías, habrás vivido tu deseo y no tendrás la duda de lo que pudo ser.

No podía dejar de pensar en lo hábil de la respuesta, todo era válido, no se comprometía en una recomendación. Andrés podía hacer lo que quisiera, pero el final iba a ser el mismo. No estaba oyendo lo que esperaba y parecía más confundido. La clave venía a continuación:

- Toda elección es una renuncia. Subimos a la montaña y dejamos de ir al parque. Si almuerzas pasta, renuncias a la pizza. Tomas un trabajo al descartar otro. Si compras una camisa azul, dejas la amarilla, si compras las dos dejas de ahorrar dinero. Llámalo Costo de Oportunidad, si quieres un nombre elegante. Las elecciones tienen precio y traen abandonos. Cuida que tus elecciones no estén nubladas por el brillo y la publicidad, no compres los sueños que ya no tienen valor, porque fueron pero ya no son. Veo que lamentas no haberte ido ya, sientes el fracaso de haber esperado tanto. Tu éxito no depende de que tan rápido te fuiste, sino de lo que luchaste por quedarte.

No entendí cómo veía la señora las cuerdas, pero aprendí ese día que debemos parar un momento al tomar una decisión, y dar una oportunidad a las opciones, a la renuncia obvia. Total, si mis cuerdas me llevarán al mismo punto, mi convicción de hoy compensará lo perdido, sin daños a terceros.

Para los que se pregunten qué decidió Andrés, lamento no saberlo. Se fueron antes de la conclusión. Por supuesto no iba a preguntar, porque una cosa es ser un oyente accidental y otra un periodista no invitado.


La lata de Garbanzos : elección

sábado, 15 de febrero de 2014

Identidad

s. f. Rasgos propios del individuo, que lo diferencian del colectivo.
Las antiguas casas de expósitos eran lo que hoy son orfanatos: ahí las madres que no podían hacerse cargo de sus hijos, los dejaban anónimamente. Esos niños recibían apellidos según el santo del día, aunque a veces acababan con el apellido idéntico, que delataba su condición de huérfano: Expósito.

Cuando pienso en identidad, pienso en mi raza, en la bandera de Venezuela, en los apellidos de mi familia, y en todo lo que me trae orgullo. Con esta sensación, entraba a una oficina de identificación en Madeira, donde un hombre salía molesto a toda velocidad. En su carrera, hacía bruscamente una pausa frente a mí, y estrechaba mi mano antes de que pudiera reaccionar, antes de perderse en las calles:

- Mucho gusto, me llamo Pedro … Pedro Nada

En la sala de espera, la recepcionista dejaba de contener la risa y soltaba una carcajada a todo pulmón.

Algo que deben saber de los portugueses, es que es común usar primero el apellido de la madre y luego el paterno. Gracias a la astucia de las oficinistas de Identificación y Extranjería en La Guaira, mi hermano Luis y yo apellidamos por mamá Henriques mientras que mis hermanos menores son Da Silva. Esto nos entretuvo con frecuencia, decidiendo quiénes eran adoptados y quiénes no. El Henriques era de mi abuelo, y el Da Silva de la creatividad de la oficinista de registro en Cámara de Lobos(1), en complicidad con una vecina, que ayudando a mi abuela con los once niños, iba a registrarlos con los apellidos que recordaba o mejor le parecían.

Mientras tramitábamos nuestra nacionalidad europea, a la que teníamos derecho por sangre, fui a Portugal para verificar que los registros fueran correctos, y evitar un apellido nuevo en mi Billete de Identidad. Fue allí donde tropecé con Pedro, un inmigrante de Angola, que se casó con una chica portuguesa. Por una razón que desconozco, con el matrimonio tomó el apellido de su esposa, cambiándolo por el suyo y convirtiéndose en Pedro Figueira. ¿El motivo? sólo se me ocurre que no quisiera ser reconocido como angoleño para evitar discriminación.

A estas alturas deben haber notado que muchos apellidos portugueses son árboles frutales. Según la especulación, son producto del cambio de algunos apellidos judíos. Así, Pereira viene de Pera, Macieira de Manzana, Oliveira de olivo, Figueira de higos, etc.

Luego de cinco años de matrimonio, Pedro se divorció y acudió de nuevo a la oficina de Identificación, para solicitar que de su Billete de Identidad, fuera removido el apellido de su esposa. Esto, literalmente fue lo que hicieron. Cuando Pedro buscó su nuevo documento, no tenía apellido, sólo el Nombre: Pedro.

Luego de una discusión que se había subido de tono, por lo que toda la sala se enteró de la historia, Pedro explicaba que no podía salir a la calle sin apellido, que para él era obvio que remover el apellido de su esposa implicaba volver a poner el suyo. Entendía que no lo había escrito, pero que ellos contaban con su expediente y que debían ser capaces de hacer algo más de lo que habían hecho. Los gritos incluían frases como:

- Hasta los huérfanos tienen Expósito. Yo sé quién es mi mamá.

La testaruda oficinista, digna representante de los empleados públicos, que encajaría perfecto en las oficinas de Venezuela, le enseñaba la solicitud:

-    Usted puso “Quitar el apellido Figueira” no puso colocar otro. Eso fue lo que hicimos, es su culpa. Haga otra solicitud (no hoy, le toca los jueves) y venga en un mes. Mientras tanto usted no tiene apellido.

Durante un mes, el angoleño tendría que responder todos a los días a la pregunta: ¿Pedro qué? sólo podía desearle buena suerte. La recepcionista, tras parar de reír, contando a los recién llegados lo ocurrido, concluía su relato con una reflexión interesante:

- Igual él no era nadie. Desde que tomó el apellido de su esposa quedó sin identidad. Si dos personas se juntan no pueden volverse una. Una pareja es como esas columnas que sostienen el techo triangular en la entrada de las casas. Si se alejan demasiado la casa se cae, pero si se juntan hasta volverse una, cae también. La gente no distingue “apoyarse” de “recostarse”. Recuperar su apellido es fácil, lo difícil es explicarle a la gente que durante cinco años, él fue otro. Sus logros son ahora de un extraño. Debería estar prohibido que hombre o mujer tome el apellido del otro.

Tengo amigos que han homologado desde sus gustos hasta su forma de vestir. Han hecho común a su equipo favorito de fútbol, a su género de películas y a sus comidas preferidas, en nombre de la convivencia, al amparo de la comodidad. Eso me parecía una relación normal, que se fortalecía. Hoy creo, sin que nadie tenga que estar de acuerdo, que la identidad es algo que se pone en riesgo cuando uno se enamora, de una mujer o de otra bandera.

La lata de Garbanzos : identidad
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(1) Un pueblo pesquero en la zona centro-oeste de la isla de Madeira, Portugal. Hace muchos años, era el hogar de la foca monje, conocida por los portugueses como “Lobo Marinho" o Lobo marino. De ahí su nombre.