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martes, 2 de septiembre de 2014

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Dar parte de lo que tenemos para que otro lo disfrute con nosotros

Hay gente que contra todo pronóstico, es feliz. Derraman alegría a quien esté cerca, con una risa tan contagiosa como escandalosa. Aprecian y agradecen la vida, mientras persistente y proactivamente aman y perdonan. Debe ser algo genético, porque si dependiera de algún entrenamiento yo ya lo hubiera aprendido. Además, no se afectan por el entorno, porque al mejor estilo de Los Miserables, son flores hermosas que crecen en la basura.

Al terminar la visita en la biblioteca del barrio, la agenda invitaba a visitar a Francisca, a la que llamaban Rica Francisca. Ella era una de las dos mujeres que tenían título de propiedad de sus casas, era legalmente dueña. Había obtenido los papeles gracias a un programa de consolidación de barrios. Imaginen en un cuadro de Botero, a una mujer regordeta de amplia y aireada sonrisa, esperando en su puerta con café recién colado. Adoraba las visitas del Instituto porque “le traían gente bella”. Su casa estaba en un montículo, destacando entre las otras más humildes y sucias. Era una construcción de dos pisos, con cerámica en pisos y paredes, más una puerta auxiliar en el segundo piso, que comunicaba al barrio con el Centro médico. Esa puerta a veces se usaba para llevar a un herido a emergencias, aunque ese no era su único uso. Nos decía, con lo que creía un susurro:

- Es que si yo estoy poniéndole los cuernos a mi marido y oigo que llega, mientras yo lo entretengo el cacho sale por ahí.

Luego, un momento mágico cortesía de Roberto, de esos ideales para sonreír, sonrojarse y no decir nada. Siendo el más bajo del grupo, hilaba las risas comentando que era soltero, y auto-invitándose a su lista de amantes clandestinos. Ella lo abrazó cariñosamente, mientras le respondía apuntándome:

- ¡No, mi rey! A mí me gustan grandes como él.

Avanzaba la entrevista y cada vez nos sorprendía más su actitud. Para todo tenía una respuesta positiva. Nos presentó a los vecinos que venían, porque a esa hora ya éramos como su familia. Todos salían con algo en las manos. A ella le gustaba compartir, dando lo que tenía, y prometiendo para después lo que no. Descubrimos sin embargo, una regla inusual: cuando Eugenia le dijo que iba a donar muchísimos de sus libros a la biblioteca, ella se sentó a su lado, tomó su mano izquierda entre sus palmas y le dio lo que en otro tono sería un regaño:

- No mi niña, para eso está el camión de la basura. La biblioteca lo que necesita son cartuchos de tinta, no libros que nadie va a usar. ¿Tú no tienes internet? Aquí las tareas se hacen en google. Compartir es dar cosas que son buenas pa’ los dos. Yo saqué para ustedes mis mejores tazas. Las chiquitas de peltre pa’ cuando esté sola.

Hay frases que al escucharlas parece que se detiene el tiempo. Con el reloj detenido “me cayó la locha”: ¿Yo regalo basura? Aunque algunas cosas son nuevas, ciertamente son inútiles para mí, pero las creo útiles para alguien más. ¿Cómo las verá el que las recibe? Al parecer Francisca nunca había escuchado eso de “La basura de uno es el tesoro de otro”. Aunque no dije nada, yo también pensaba mandar mis libros viejos, los que ya no iba a leer nunca más. ¿Mandarlos al basurero era más honesto? O era mejor donarlos a donde fueran apreciados (sitio que a lo mejor ya no existe). Si yo no lo valoro no debería compartirlo, y si el que recibe no lo quiere, comparto con la persona equivocada. Flaco favor estábamos haciendo, buscar altruismo en un reciclaje mal hecho.

El tiempo no reiniciaba. Pensé entonces en el diezmo de la iglesia, que significaba bendiciones de vuelta. ¿Era Francisca una mujer rica como recompensa a su generosidad? Tal vez ella ponía en la cesta más del 10% de lo que tenía, y no las monedas que le estorbaban. ¿Será por eso que muchos perciben que de la iglesia, sus feligreses reciben de vuelta poco o nada?

Cuando empezaba a razonar de mis relaciones: ¿qué comparto con mis afectos?, el reloj empezó a andar de nuevo, y lo dejé para otro garbanzo. De éste, les cuento que al final Eugenia compró las tintas, las mandó, y se aseguró de que llegaran. Eran costosas, pero era lo que iban a apreciar, en lugar de los libros que le daba remordimiento botar. Esos podían perderse en el camino sin que nadie los extrañara. Por mi parte, cada vez que decido regalar algo, hago un segundo chequeo para estar seguro de que el bajante de la basura no es a donde pertenece. También me pongo en los zapatos del que recibe, y pienso cuál sería su respuesta más probable: ¡qué bien! o ¡será cabrón!


La lata de Garbanzos : compartir

miércoles, 23 de julio de 2014

Rico

s. m.Que tiene abundancia de una cosa (dinero, bienes, sabor, ideas, etc)



Durante la segunda cena, Raúl nos contaba de sus invitaciones a Arabia Saudita, donde siempre era acompañado por dos guardaespaldas, una anfitriona y un asistente (cuyo único trabajo era cargar su portafolio). Con más de 50 patentes registradas de productos farmacéuticos, parecía claro que nos hablaba un hombre rico.

Era 1997. Cinco venezolanos y un cubano, sentados en un pequeño restaurant en Grand Place (Bruselas, Bélgica) a la salida de EUREKA. El día había sido largo, pero estábamos contentos y casi todos disfrutábamos la cena. Todos menos Helena, que por accidente había pedido ancas de rana, y ahora compartía la cena con Cecilia. Llegada la cuenta, la pagamos entre todos, y Cecilia ofreció una buena propina. De carácter alegre y gusto impecable en el vestir, a ella también la habíamos supuesto: una mujer rica.

Luego de la cena, mientras caminábamos por la ciudad, buscando el Manneken Pis [1], Helena hizo una pregunta imprudente:

- Raúl, un médico como tú, ¿cuánto dinero gana?

Dicen que las preguntas simples tienen respuestas simples, pero éste no era el caso. Mi hermano mayor decía, cuando yo era chico, que una persona rica es aquella que logra acumular un millón de dólares. Raúl estaba a muchos pueblos de eso, pero respondió con gusto:

- Yo gano casi 100$. Y antes de que me digan nada, les voy a explicar. Yo con eso en Cuba, soy muy rico. Tengo acceso a bienes y servicios que casi nadie tiene, me sobra el dinero. Un médico normalmente gana 20$. Claro, fuera del país es otra cosa. Sólo puedo salir de vacaciones si mi familia me invita. Fuera de mi burbuja, no puedo pagarme ni un hotel.

Mentalmente todos calculamos nuestro salario en dólares. No tenía sentido, tanto conocimiento, tanta experiencia y patentes. La situación escapaba del entendimiento. La imprudencia de Helena sacaba sus conclusiones, y con la delicadeza de un rinoceronte, ofrecía ayuda sin preguntar:

- Mucha burbuja, pero es que eres como un pájaro en una jaula, donde hay mucha comida y columpios, pero no puedes dejarla. No sé si la puerta está abierta, ¿podrías salir del país y trabajar en otro lado si quisieras? Cecilia seguro te puede ayudar. Ella tiene cara de conocer mucha gente.

Raúl prefirió no responder, y sólo murmuró un pequeño: “no lo entenderían”.

Rezagado en la caminata, razonaba con Cecilia la situación. ¿Se puede ser rico geográficamente? Me imaginaba al personal de emigración en el aeropuerto, con un sello que en lugar de “SALIDA” dijera “LIBRE pero POBRE”, prometiendo que si regresas te ponen el sello de “RICO”. ¿Qué pensará Forbes de eso? Ella reía y me explicaba:

- Deja de pensar que la palabra rico refiere sólo a dinero, hay mucho más involucrado. Y deja de pensar en cuanto hay que alcanzar. Eso no tiene fin, y medido así siempre serás pobre respecto a alguien. Yo ayudo a muchísima gente, que tiene más dinero que yo, porque lo que tienen nunca les alcanza. Rico no es el que lo tiene todo, sino al que nada le falta.

Casi 20 años después, con 15 años de revolución, y una inflación digna de libro de records, el salario de Raúl ya no escapa de nuestro entendimiento. El salario mínimo en Venezuela ronda los 50$, con pronóstico de seguir cayendo. Éramos un país rico, un país petrolero, nunca nos calzó eso de república bananera, aunque cambur es lo que sobra. ¿Ya somos un país pobre, o todavía falta? ¿Será que al final es una cuestión de actitud?

Si Cecilia tiene razón, es una pregunta sin sentido, porque no la he completado: ¿Rico en qué? Venezuela seguirá siendo entonces mestiza: rica en sol y clima, en sabores, en humor y belleza; mientras empobrece en aspiraciones, educación y futuro. La envidia y el egoísmo crecen mientras las cosechas se secan. Para que haga sentido, terminemos de retirar la estatua de Maria Lionza [2] de la Autopista del Este, para poner una versión del Niño que mea, que parece ser lo único que nos falta, a los que transitamos por el país.


La lata de Garbanzos : rico
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[1] En dialecto bruselense: Niño que mea. Es una estatua de bronce de 61 cms, situada en el centro histórico de Bruselas (Bélgica). Es un niño pequeño desnudo orinando dentro del cuenco de la fuente. Junto con el Atomium y la Grand Place es una de las atracciones principales de la ciudad, simbolizando el espíritu independiente de sus habitantes.
[2] Una diosa de principios de siglo, adorada por campesinos de la región de Yaracuy, en las sierras de Sorte. Su devoción mezcla ritos católicos, indígenas y africanos; con elementos yoruba y vudú. Aunque indígena, se representa como una desnuda mujer blanca y atlética, con una corona de oro, una rosa y un banderín que reza: protectora de las aguas, Diosa de las cosechas. En su escultura más conocida, extiende las manos y sostiene un hueso de pelvis (símbolo de la fertilidad) montada en una danta que aplasta serpientes (símbolos de la envidia y el egoísmo).

miércoles, 28 de mayo de 2014

Ídolo

s. m. Cosa o persona excesivamente amada o admirada.
En mi infancia nunca faltó la música. Mi padre escuchaba rancheras en su pick-up(1). Siendo portugueses, aún me pregunto de donde vino su gusto por la música mexicana, en lugar de los fados(2). Mi madre escuchaba cualquier cosa sin mucho ánimo, con algo de preferencia por la música romántica de cantantes españoles. Ella tenía una lógica más geográfica, si pensamos en Portugal como un apéndice de España.

Regresando de la universidad a estudiar en casa de una gran amiga, encontré a su madre empaquetando su orgullosa colección de vinilos(3) favoritos, acompañada de una amiga. Su decepción obligó la pregunta:

- Sra. María ¿Por qué tan triste? ¿Estamos regalando discos?

- Les presento a Lucía, son para ella. Ya no me gustan tanto. Siempre me quedará Perales.


Luego de un largo retiro de uno de sus cantantes favoritos, la radio promocionaba “el regreso del ídolo”. Preparada para comprar lo que publicara y volver a su concierto, le vio dar su primera entrevista. Con el pelo hasta el cuello, algo de maquillaje y un nuevo estilo de vida, el ídolo acababa de morir.

- Me siento engañada. Ingenua es lo que soy, de la cintura para arriba y de la cintura para abajo. Creer en él, acompañar su carrera y comprar sus discos, para cambiar al mundo. Es que él ponía música a mis pensamientos. Ahora me pregunto si eran sus letras, sus sentimientos, o los de algún anónimo que nunca recibió mi admiración, ni estaba en mis oraciones. Hacer un regreso para eso, mejor estaba yo con él retirado. Guardé con celo una copia falsa de un sueño auténtico.

Lucía, encogía los hombros y daba consuelo:

- Lo admiramos por su voz, por su atractivo. Pero el cuerpo cambia, los gustos, las prioridades y aunque con menos frecuencia, los valores. Tiene ese derecho, es un ser humano. Quédate enamorada de lo que fue. La felicidad que te dio ya no te la pueden quitar, pero no te aferres al pasado, porque el pasado tiene ese gusto por la nostalgia y la tristeza, como el futuro gusta de la ansiedad.

¿Y si el ídolo es un presidente, que no cumple su promesa? ¿O admiramos a un país? Con los años, mientras Venezuela cambiaba a una versión grande de Cuba, muchas veces sentí la misma tristeza, ese empeño de que volviera a ser la de antes, la que yo recordaba, sabiendo que eso no iba a pasar. Aunque nunca dejé de verle el lado bueno, y estar en el presente, en un descuido me atacaba la nostalgia del pasado, o la ansiedad y miedo del futuro, en donde sólo faltaba que nuestras mujeres se prostituyeran alrededor de los hoteles, por jabón y dólares turistas. Dicen que el miedo es libre, y que casi siempre es infundado. Eso deseaba para el mío.

De María, siguió siendo una fan, pero aclaraba: “… de como cantaba en los 80”. Las nuevas letras no le gustaban, menos aún su aspecto, ella era una romántica. Desde ese día, un ídolo es admiración, con fecha de vencimiento.


La lata de Garbanzos : ídolo
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(1) Sistema de reproducción de sonido electromecánico analógico, hijo del gramófono (sustituyendo el cilindro de fonógrafo por un disco). También conocido como tocadiscos, giradiscos, tornamesa, fonochasis y plato.
(2) Es la expresión más afamada de la música portuguesa. Una sola persona, acompañada por la guitarra portuguesa, canta a la melancolía, la nostalgia o a las pequeñas historias del diario vivir de los barrios humildes; pero especialmente a la frustración y al fatalismo.
(3) El disco de vinilo es un formato de reproducción de sonido basado en la grabación mecánica analógica. Se llama así porque los poli-vinílicos eran el material habitual de fabricación, aunque también podían ser de aluminio.

viernes, 23 de mayo de 2014

Moral

s. f. Creencias y normas que guían el comportamiento de las personas, siendo el parámetro para saber cuándo algo está bien o mal.
Con un casco que difícilmente le cubría las orejas, Dolores sorteaba el tráfico de las 5:30pm en Caracas, agarrada del conductor de la moto-taxi. Se había prometido no hacerlo más, porque ir en moto la hacía sentir vulnerable, pero se había retrasado en sus informes para la junta, y no quería llegar tarde a clase otra vez. Entonces, dejó su carro en el estacionamiento del Centro Empresarial. Algún compañero le llevaría de vuelta.

Todo normal hasta San Bernardino, cuando su conductor se detuvo en el semáforo rojo, frente a una parada de autobús. Allí estaba una anciana bien vestida, que parecía haber salido de la clínica, esperando a su chofer. Con la moto detenida, el conductor aparentemente zurdo, se persigna con la mano derecha y saca una pistola con la izquierda, apuntando a la anciana y pidiéndole la cartera. Ella, visiblemente sorprendida, lo mira con asombro y se la entrega. La moto cruza la calle mientras el conductor hábilmente coloca la cartera recién robada a su espalda, en el regazo de Dolores.

Ella se sentía aturdida, como si fuera a desmayarse, mientras un policía imaginario o un testigo armado los perseguía, disparándole en la espalda, convertida ella como estaba, en un escudo. Por fortuna nada de eso pasó y llegaron al instituto, donde Dolores, pálida como una hoja de papel, se bajaba con cautela, devolviendo el casco y ofreciendo su propia cartera. El motorizado sólo le recibió el casco:

- No se equivoque señora, yo no robo a mis pasajeros, son 60 bolívares.

Controlando sus nervios, sacó un billete de 100 y se lo entregó. El motorizado revisó entre sus billetes para darle cambio y reunió 30 bolívares, los 10 que faltaban los encontró en la cartera robada. Dolores no dijo palabra, sólo quería que se fuera. Aun temblando, entró al salón y nos contó su travesía. El irónico tema del día: “Ética de la empresa”, acababa de cambiarse por: “Moral del motorizado”.

El estudio de casos era el mecanismo predilecto del programa que cursábamos, pero los casos siempre estaban preparados y los profesores sabían cómo manejarlos. Esta vez teníamos uno fresco, al que tal vez por error, trataron de sacarle punta.

Como siempre, hay un grupo de rebeldes que defiende al que consideran más débil, aunque no lo sea, tratando de amortizar sus acciones con cualquier atenuante que pueda confundir a la audiencia, con grises donde muchas veces sólo hay blanco y negro. Nuestros pocos defensores de los desvalidos, compararon al motorizado con Robin Hood(1), destacando su fe, reflejada en la señal de la cruz antes del robo y su compromiso de cumplir al cliente. En lugar de espada, llevaba una pistola, porque se entiende que estamos en una época distinta. Además, uno de ellos se negaba a llamarlo robo, y prefería referirse al incidente como una recuperación de su patrimonio, venido a menos por la injusticia social en Venezuela. Dolores, visiblemente ofendida, les respondía en un tono que seguramente en otras circunstancias no usaría:

- Presos deberían ir ustedes con él, por secuaces y alcahuetes. Su familia no les enseñó que no se debe robar. ¿Les hubiera parecido divertido si estuvieran en mi lugar? Por morales de papel como las de ustedes, es que este país está destruido. No compartan mi mesa en la cena, porque van a pasar un mal rato. No sé quién es más culpable, el que comete el delito o el que se hace ciego y no lo condena.

La mitad de los rebeldes recogía su opinión, reconsiderándola o temiendo que Dolores les golpeara. Los pocos que se mantenían en pie, al mejor estilo del que se equivoca y no reconoce su error, alzaban la voz y se radicalizaban:

- Al final no te pasó nada, sólo un susto que contarle a tus nietos. ¿Y la otra parte de la historia? Ese pobre hombre, ¿quién sabe las necesidades que tiene? Estamos en un país de injusticias, donde la necesidad tiene cara de perro. Ese termina muerto más temprano que tarde y “se acabó”. Le das demasiada importancia. Déjalo para un “reality show”. Al final a ti no te robaron nada ¿o me equivoco?

Yo reconozco al equivocado por su necesidad de gritar, para que el otro se calle, mientras se siente perdido. Cada vez más ofendida, Dolores trataba de contener la calma:

- Entonces todo está bien. ¿Yo debo desearle la muerte para sentirme protegida? ¿Qué hace falta para que les parezca mal? ¿Qué me hubieran matado? ¿Que la anciana fuera familia de alguno de ustedes? Mañana le voy a pedir a mi marido que me acompañe a clase, con su arma de reglamento, para que tengas una anécdota que contarle a tus nietos. Llega temprano para que no te la pierdas.

El profesor calmó las aguas y suspendió el debate, Dolores estaba muy involucrada. La calma se sirvió con la cena, junto a la indignación y las ganas de venganza. Y es que para hablar de ética y de moral hay que empezar por distinguir lo que está bien de lo que está mal. ¿Existen las cosas “medio malas” o “neutras”?. ¿Dónde pasar una raya? Venían a mi memoria esas clases de lógica difusa, en donde las cosas no eran ciertas o falsas, blancas o negras, ceros o unos, sino que valía: “bastante cierta” o “casi siempre falsa”.

Alguien asomó un lugar común: Está bien si puedes dormir tranquilo. Pero para eso hay desde Valium, valeriana y otras hierbas, hasta un tetero de lechuga. Aún más fácil, si no tenemos vergüenza ni respeto por los demás, en un éxtasis de egoísmo podemos explicar cualquier acción. ¿Dónde se le perdieron los principios al motorizado? Si es que los tuvo alguna vez. O ¿es que su historia es sólo de finales? ¿Qué aprendió de su heroína, en su casa sin papá? ¿Alguien de su familia le trajo sopa?

Mi papá decía que el que roba un lápiz o una fresa, puede robar un banco, porque no es menos robo si lo que uno se lleva es poco. La moral es como una semilla de manzana, hay que cuidarla mucho, para que un día sea el árbol fuerte que dé frutas. Necesita mucha agua y respeto, el ejemplo de la casa, para que se haga costumbre y no se pueda vivir sin ella de adulto.

Mientras el motorizado duerme tranquilo, Dolores le desea la cárcel o peor, mientras aprende a vivir con miedo y se siente vulnerable y abusada. El Libertador debe estar revolcándose en su tumba recién profanada, porque a su país se le dobla la moral, y de paso le parpadean todos los días las luces.

Las palabras complicadas tienen casi siempre una forma simple. Moral puede tener mucho latín para filosofar (moris - costumbre), pero es harina del mismo costal, adorno en el mismo árbol. En mi mundo de muchos, como la honestidad y tantas más, la moral es la fruta de la buena semilla.

La lata de Garbanzos : moral
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(1) Según la leyenda, Robin Hood era un barón de gran corazón que vivía fuera de la ley, escondido en el bosque de Sherwood, cerca de la ciudad de Nottingham. Hábil arquero, defensor de los pobres y oprimidos, luchaba contra el sheriff y el príncipe Juan, que robaban a los pobres para agrandar las fortunas de los nobles.

Sobre este garbanzo se ha escrito en:


¿Cómo definimos la moral? ¿Distinguimos el bien del mal? Acompáñanos en este rico debate, muy necesario en los tiempos que corren.
www.inspirulina.com/moral.html

miércoles, 15 de enero de 2014

Familia

s. f. Agrupación social basada en lazos de parentesco, como un vínculo social o consanguíneo.
Ayer le hicimos un reconocimiento a las plantas de mi apartamento, sobrevivientes de una generación de variedades, diezmadas por el racionamiento de atención y agua. Luego de seis años y un buen clima, un ejército de sábilas y tres júcaros mantienen con mucho esfuerzo el verde en la casa. Las matas de plástico no son una opción.

Una vez por semana, la chica que limpia riega las plantas, y una vez por año yo las podo y completo la tierra que se ha ido por el inodoro. Éste era uno de esos sábados anuales, en los que viendo cuánto había mermado el nivel de tierra, salí a comprar la de repuesto. Hay un vivero frente al edificio, así que bajé caminando aún con pantalón para dormir. En diez minutos debía estar de vuelta según el plan, pero una hora después, trataba aún de contener las lágrimas de Elisa, mientras sus niños giraban los papagayos. Sin saber qué más decir, sólo podía pensar: ¡Yo sólo vine por tierra!

De niño uno aprende lo que significa la familia. Luego de las abejas y cigüeñas, en la nuestra había un papá, una mamá y cuatro varones que dejamos a mi mamá bastante cuerda y a papá calvo con el pasar de los años. Las plantas no tuvieron la misma suerte, la mayoría cedió a los golpes de balones, resbalones de patines, bicicletas y patinetas o a algún spray para la plancha confundido con insecticida. También cayeron todas las que estaban cerca del rayado con tiza que marcaba las arquerías. La familia para mí estaba clara, porque la nuestra se formó por un vínculo social (el matrimonio) entre dos (en realidad tres, ya que se casaron por poder, con mi abuelo paterno en nombre de mi papá en Portugal). Aprendí como todos, a decir que no sé a quién quiero más: si a papá o a mamá, convencionalismo que nunca entendí. Yo era y soy capaz de poner mis afectos en perfecto orden y asignarle puntos si me preguntan, aunque es algo que nadie quiere oír.

Con tiempo entendí que mi concepto de familia debía ampliarse. Se podía cambiar sangre por adopción, matrimonio por convivencia, dos por tres, etc. Llegaba a algo como: gente que vive junta. Eso volvía familia a personas que trabajan en una empresa (que pasan más tiempo entre ellos que con su familia consanguínea) y a grupos de estudio. La diferencia estaba en que para ser familia había que estar de acuerdo, tener conciencia del vínculo. Entonces familia era gente que vive junta y que está de acuerdo en serlo. Eso funcionó hasta el cumpleaños de Andrea.

Andrea es una amiga de coincidencia, una señora que nada en los mismos días y horarios que yo, en la piscina del instituto de deportes de la alcaldía. Como la mayor parte de esos amigos de coincidencia, no sé su apellido, no sé dónde vive, no sé su edad (pensaría que unos 60 años) ni mucho más. Sólo sé que nada conmigo, que es amable y que prepara un buen dulce de lechosa, que trae algunas veces para compartir. Creo además, que es contadora.

Un viernes a las seis de la mañana, Andrea llegó más contenta que de costumbre, era su cumpleaños. Tras enterarnos, todos la felicitamos con besos y abrazos. Había traído su tradicional dulce y alguien más, que le conocía mejor, trajo una torta. Cantamos cumpleaños con un coro improvisado y apagó la vela (ni siquiera sé cuántos años cumplía). Luego de los aplausos, unas palabras breves:

- Gracias a todos, les quiero mucho, ustedes son mi familia, con Dios y con ustedes me levanto cada día.

Ese comentario, me llamó mucho la atención, no podía dejar de pensar:

- Un momento, pero si todos saben que para ser familia hay que estar de acuerdo. ¿Cómo puedo ser su familia si ella no es la mía? ¿Era ella una atrevida o yo una mala persona, por no sentir lo mismo? ¿Dónde estaba su otra familia?, porque debía haber otra. ¿Se pueden tener dos?

Al terminar la celebración la gente se fue retirando a iniciar su día de trabajo. Yo me quedé un rato, quería hablar con ella. Le comenté sobre lo bonito de su comentario y las dudas que me había provocado. De no conocerla de casi nada, ahora quería saber cómo llegué a ser su familia. Tal vez era sólo un comentario políticamente correcto y no debía darle importancia. De una conversación interesante, llamó mi atención:

- Ingenieros, siempre buscándole la quinta pata al gato. De esa “otra” familia de la que hablas sólo queda una hermana y un par de sobrinos, a los que veo poco y les importo menos. Nos reunimos una vez al año en la misa de papá, donde decimos que nos extrañamos mucho. Yo decidí que por estos días mi familia son ustedes, y para eso no les pedí permiso.

Parecía razonable, pero seguía sintiendo que debió preguntarnos si queríamos ser su familia, a menos que fuera un sentimiento incontrolable. Al parecer había dado en el clavo. Ella continuó:

- Exactamente, para mí la familia es un sentimiento, y como el amor, no tiene que ser correspondido. Tú puedes ser mi familia sin que yo sea la tuya. Piénsalo, si por cualquier causa dejo de venir un par de días, alguno de ustedes llama a preguntar si me pasa algo, si necesito algo, y ofrecen ayudar con alguna diligencia. Ustedes nadan conmigo y me desean buenos días o feliz semana. Eso no parece mucho, pero con o sin intención, con ustedes es con quien cuento, y para mí eso es suficiente. A lo mejor yo de la familia siempre esperé muy poco, y lo que tengo ahora me alcanza. Han llegado al extremo de llevarme sopa un día que tenía quebranto.

Pasé el viernes pensando en eso, en que la familia son las personas con las que cuentas. Ponerse de acuerdo ya no era relevante, considerando que parecía ser una decisión unánime, y el vivir juntos pasaba a convertirse en compartir juntos, como nosotros en la piscina, sin techo. Este pensamiento duró un día, porque al despertarme el sábado, tenía que ir a comprar tierra.

Al entrar al vivero, dos niños corrían entre las bandejas de matas, llevando unos papagayos de papel con forma de hélice, que trataban de hacer girar impulsados por sus carreras. Tomé mi bolsa de tierra y fui a la caja a pagarla. Como era aún temprano, el vendedor no tenía cambio para mi billete. Una chica de mirada triste que vigilaba a los niños, ofreció pagar los papagayos primero, para dejar cambio en la caja. Pagué y le agradecí:

- Muchas gracias. Anímese, que es un buen día. Sus niños no han de querer verla triste.

Sin advertencia, rompió en llanto y corrió a sentarse en un pequeño muro de cemento sobre el que caían unos helechos. La seguí, para entender que no quería que los niños la vieran, necesitaba desahogarse con un extraño, que no le juzgara. Ese día me tocaba ser ese extraño:

- Ellos son mis sobrinos Andrés y Javier. Mi hermana y su esposo partieron hace dos meses. Ahora viven conmigo, y son unos ángeles, pero no me siento capaz de tenerlos, es demasiada atención y cuidados que no sé darles. Pasé de ser la madrina para la foto de Javier a ser la madre. No estoy preparada y me siento desesperada, mi madre es muy vieja para ayudarme. Todo ha sido tan rápido, dejé de dormir, y no he tenido tiempo ni siquiera para llorar a mi hermana, me duele la cara de forzar una sonrisa frente a ellos.

Convencido de que el destino sabe lo que hace, traté de darle ánimo, de convencerle de que el tiempo mermaría la tristeza y que el equilibrio traería alegría. Ellos eran ahora su familia, ellos contaban con ella, y como Andrea, no habían preguntado. En lugar de calmarla empeoraba:

- ¿Familia? Siempre la quise pero mi novio no. Aunque todos decían que él no valía la pena, era a quien tenía y era bueno conmigo. Se ha ido, no quiere esta responsabilidad, me convertí para él en una mujer con maletas.

Un último intento, ser duro:

- Pues ya empezaste a recibir cosas buenas. Si no fue capaz de ayudarte en esta situación, es un inútil que ciertamente poco valía la pena. Dale gracias a los niños, a Dios y a él por irse. Al que está pero no ayuda cuando hace falta, hay que darle las gracias cuando se va. Aprendí que si no cuentas con alguien no es tu familia. En cambio ellos cuentan contigo y tú contarás con ellos cada día. Hoy les une el dolor, por siempre les unirá la sangre. Vendrá el tiempo donde te permitirás estar triste.

Cerró los ojos y echó su cabeza atrás por un momento. Luego me regaló una sonrisa y un abrazo. Sin más palabras, echó su cartera al hombro y marchó con los niños de la mano. Iba a pie, por lo que asumo que vivía cerca, no la volví a ver.

Mi familia de sangre será siempre la misma, y aprendí a querer a algunos cuando el afecto no me nacía, encontrando cosas pequeñas, que puestas juntas daban para admirar. Si me preguntan hoy, de tanto que puede significar, me quedo con el pensamiento de Andrea, familia es un sentimiento que nace cuando a uno le traen sopa.

La lata de Garbanzos : familia