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viernes, 8 de enero de 2016

Destino

Fuerza desconocida que actúa de forma inevitable sobre las personas y acontecimientos

Hay algunas cosas de las que tengo certeza, aunque no tengo su explicación científica. Y me he preguntado ¿dónde las aprendí? porque no recuerdo haberlas leído o escuchado. Una de esas cosas es: No todos los caminos conducen a Roma, hay 8 ciudades más en el tablero.

Jugamos en un aeropuerto con nueve puertas, nueve hilos a buen destino. Con ayuda para llegar (guías, ángeles guardianes, intuición o como los quieran llamar). Por cierto, tienen prisa por entregarnos a salvo. Aunque no quisieras participar, es como detenerte en una banda transportadora o una escalera eléctrica: una vez ahí, te sigues moviendo. Cuando yo volaba parapente, sentía que el mundo se congelaba, como si yo estuviera en el centro y el paisaje se desplazara, pero era mentira, sólo era la sensación de mi punto de vista, la realidad es que me seguía moviendo, así funciona esto.

El reto, lo realmente difícil es no perder tiempo en la puerta que no es nuestra, y diferenciarla de una que requiere esfuerzo, que se acompaña de dificultades, porque la felicidad está detrás. Nos preguntamos: ¿Cuántos intentos hacer? ¿Cuánto resistir? ¿Cuándo rendirse? Unos ceden al primer intento, otros ponen “la otra mejilla”, y están los que saben que “la tercera es la vencida”. Pero hay un grupito que aguanta sin fin, pensando “que no hay quinto malo”, que el premio es tan valioso que todo se justifica. Si ellos lo logran, encuentran yeso con pan de oro, dorado por fuera pero sin valor por dentro. No los apoyo, pero los entiendo, si yo tuviera sólo una puerta, o al menos eso creyera, sería empujado por miedo a la resignación.

El día que empecé mi camino a Santiago, en el aeropuerto de Tenerife, mi plan tenía un vuelo a Madrid, un tren a Pamplona y un autobús a Roncesvalles , todo el mismo día ... Cuando vi las puntas de los albergues de Roncesvalles, a unas cinco millas de la frontera, supe que había valido la pena el esfuerzo. Tenía una litera en Itzandegia por una noche, en una gran nave de piedra del siglo XII, restaurada y administrada por La Colegiata. Me dolían mucho las pantorrillas, pero estaba en el lugar correcto, el día que debía estar y no dos días antes, con las personas correctas. El ronquido de 120 peregrinos no era capaz de quitarme el sueño.

Mientras me quedaba dormido, rebotaba en mi memoria el pronóstico del clima en Caracas:

- Tú y tus ganas de perder el tiempo. Entiéndelo de una vez, nunca vas a ser feliz con otra, yo soy tu destino.

Recordaba la decepción que me provocó, el sentimiento de que, en lugar de un legítimo buen consejo, era un epitafio, la amenaza que se aprovecha del miedo. Estaba olvidado. También recuerdo el reconfortante pensamiento de 8 ciudades que aún podrían recibirme, de que el destino es una pluralidad de buenos sitios para escoger donde quedarse. Si tiene usted más de uno como yo, aprovéchelos y llegue sin temor a alguno, todos son distintos, pero todos son buenos. Si no, y le ha tocado sólo 1, tenga paciencia y aprenda italiano, que en Roma hace falta.


La lata de Garbanzos : destino
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martes, 16 de septiembre de 2014

Egoísmo

Amor excesivo e inmoderado que siente una persona por sí misma, que la hace atender de forma desmedida su propio interés

Hay días en los que el sol no colabora. Aunque debíamos estar sintetizando vitamina D a toda velocidad, no podíamos caminar más. El morral empezó a incomodar, los pasos se hicieron lentos, y parecía que a todas las subidas les hubieran regalado grados.

A las 3:00pm tuvimos que parar, dos pueblos antes del plan, en un albergue que parecía la remodelación de una caballeriza. Techos altos, inclinados y ventilados, con paredes a tres cuartos de altura y dos camas muy cómodas sobre un piso de terracota. Solté el morral y me desplomé en la cama, quería una siesta de media hora para enfriarme, antes de ir a la ducha, salir a comer y conocer los alrededores.

Mientras admiraba el machihembrado del techo, dos peregrinas llegaron al cuarto contiguo. Una de ellas se quejaba sin parar, al parecer por un comentario:

- Es que hay gente desagradecida, responderme de esa manera. Yo con mi mejor intención, porque una quiere que la gente esté bien, en mi país he ayudado a tantos. No he llegado a donde estoy por no tener buen criterio. No va a llegar bien a Santiago si no recibe ni agradece la ayuda. Tiene mucho que aprender.

Cuando por fin paró a respirar, oímos la voz de su compañera. Era un tono amable y pequeño, pero contundente:

- Mariana, caminar contigo hoy ha sido interesante, pero debo decirte, con todo el amor del mundo, que eres desagradable en extremo, la peor persona con la que he compartido hasta ahora esta aventura.

Abrí los ojos y me quedé atento, preparado para salir al cuarto de las vecinas a calmarlas cuando comenzaran a reñir. Luego el silencio, no pasó nada, no se oía nada. Imagino que Mariana debió quedar en neutro y no sabía que decir. Por morbo elemental, me hubiera gustado ver su cara. Otra vez la voz pequeña:

- No has parado de hablar, ni para preguntar cómo me llamo. En una hora hablaste mal de tu esposo, hijos y empleados. ¿Sabes qué? yo vine a disfrutar del sendero, y hoy por tu culpa no lo hice. Por cierto, tu hija tiene razón, déjala en paz. En otra época te seguiría la corriente, pero dejé de promover el egoísmo ajeno, por lo que imaginarás que mañana no camino contigo. Si quieres hablar, para en cualquier iglesia, hay a montón. Del regaño aprende algo: no ayudes a quién no te ha pedido ayuda, porque ofendes con tus imposiciones; ella es tu compañera de camino, no tu empleada. Te deseo de corazón lo mejor.

Quería tocarles la puerta, para conocer a la dueña de semejante comentario, y para darle un beso. María resultó ser una chica bastante joven, a quien invitamos en lo poco que quedaba hasta Santiago. Tanto comentamos sus palabras, que terminó en un documental que ese día se filmaba en el albergue. Ella se explicaba:

- De niña me dijeron que el egoísmo es malo y que debemos compartir, como si fueran acciones opuestas. Necesitamos egoísmo en dosis pequeñas, como una vacuna. Una persona libre de egoísmo está indefensa ante las otras, que le darán sin dudarlo sus penas y obligaciones. Y las aceptaremos de buena gana, para llenarnos de los problemas y frustraciones de una persona enferma. Se comparte poco o nada con un enfermo. Es difícil poner una frontera, pero si voy a servir a todo el mundo, me pondré yo también en la lista.

Tenía sentido, pero me parecía que estaba siendo promovido a ser una persona distante, insensible al pesar ajeno. Otro peregrino me aclaró que exageraba:

- Todos queremos ayudar a los desvalidos, pelear contra la pobreza, mejorar la educación en el mundo, luchar contra la injusticia. Si todo llega a tu cabeza perderás el juicio. Hay organizaciones, gobiernos y finalmente un Dios. ¿Eres tan soberbio para pensar que puedes más que ellos y que vas a hacer su trabajo? Colabora, pero no dejes que te entreguen la carga. Tienes que poder decir: esto no me corresponde, no es mi misión. En tu país puedes ser un empresario, pero aquí eres sólo un peregrino. Ofrece humildemente tu ayuda si te provoca, pero respeta a quien no quiera aceptarla.

Desde ese día, tengo mi propia teoría al respecto: “Egoísmo responsable”, en donde el egoísmo es una vacuna que nos previene de ser una mala persona, que al final es lo que ofrecemos al que nos rodea. Practícalo hoy, con el primero que te pida lo que no te corresponde. Humildemente, defiéndete.

Cuando María llegó a la Catedral, se acostó en el piso con las palmas al techo y empezó a llorar sin consuelo mientras el botafumeiro (1) danzaba. Nadie preguntó, sólo nos sentamos a su lado a esperar que parara. Tres semanas después (ya en Caracas) recibí un e-mail, donde nos contaba que aún estaba en al camino. Había decidido caminar al revés, iniciando en Santiago, para “encontrarse a los peregrinos de frente y verles la cara”. Paraba para trabajar de hospitalera cuando se cansaba, aunque desde donde escribía pensaba quedarse más, porque en las caras de los que iban había encontrado al que parecía ser su destino.


La lata de Garbanzos : egoísmo
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(1) Literalmente: 'esparcidor de humo' en gallego, es uno de los símbolos de la Catedral de Santiago de Compostela. Es un enorme incensario que oscila por la nave lateral de la Catedral mediante un sistema de poleas tiradas por ocho hombres llamados tiraboleiros. Pesa 53 kg y es de un metro y medio de altura. Se eleva a 20 metros y alcanza 70 kph. En 1499, por la velocidad y peso se desprendió y salió por la Puerta de Platerías, en presencia de Catalina de Aragón, que estaba de visita en Santiago. Similares situaciones ocurrieron en 1622 y 1937.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Misión

Encargo o poder que nos han dado y que debemos cumplir

Como a casa los regalos los traía El Niño Jesús, y no Santa Claus, nunca dejamos galletas y leche la noche de Navidad. Que recuerde, al Niño no le dejaba uno nada, pues supongo que preparar fórmula infantil sería una rara tradición; creo que él sólo pedía que creyeran y confiaran. De los Reyes Magos no supimos mucho, iban siempre a casa de mis amigos españoles. Empecé a saber de ellos cuando empezaron a visitar a mis sobrinas.

Atravesando un parque en Pamplona, vimos la flecha amarilla apuntando a una mesa, que ataviada con un mantel de cuadros blancos y rojos (típico de picnic) soportaba un termo de té y uno de leche, más una gran cesta de mimbre con galletas. Una carta abrochada al mantel invitaba a los peregrinos a descansar y merendar. Como tenía pocos días andando, y aún me traía algún residuo de la malicia de Latinoamérica, decidí no comer por temor a alguna broma laxante o similar. Expliqué a mis compañeros más confiados que yo no era Santa Claus, y que en todo caso faltaban las zanahorias para mis renos.

Resultó que todo el norte de España está lleno de esos puntos de auxilio. Hay muchas meriendas espontáneas y fuentes para tomar agua. Incluso hay una fuente de vino, donde la única regla es: tomar todo lo que se quiera, pero nunca para llevar. Es una preocupación generalizada de los lugareños, que los peregrinos no desmayen, por lo que bares y restaurantes ofrecen el “menú del peregrino”, una comida altamente calórica y abundante, acompañada de un litro de vino y media tarta de Santiago. Todo a precios solidarios, acompañado de la misma regla:

- A comer todo, que sin el estómago lleno y caliente no vais a poder andar.

Fue un día que salimos de madrugada, con un clima inusual y un viento frío que nos complicaba el descenso. Logroño no estaba siendo amigable, y nos congelaba rápidamente. Recordaba aquel encuentro de Cris con unos peregrinos que iban cada vez que podían con su casa rodante y chocolate caliente para confortar a los caminantes en los que se veían reflejados. ¿Dónde estaban?

No podíamos parar, no había donde. Luego una luz a lo lejos, entre la neblina. Fuimos hacia ella, hacia el calor. Venía de una pequeña casa rural, al lado de una gigantesca higuera. Salía de una chimenea, y ya confortaba a los que habían llegado antes, que calentados por las bebidas y algún bocadillo se acurrucaban en un sofá. Como la puerta estaba abierta, entramos sin preguntar y llevamos las manos a la lumbre, el color nos volvía a la cara. Estábamos en casa de Lucía. Ella llegó enseguida con más café y nos dio la bienvenida, invitándonos a estar allí mientras mejoraba el clima y la mañana daba más visibilidad.

Lucía resultó ser una mujer sorprendente, sencilla y amorosa. Entre mucho, nos contó que su misión era ayudar, que para eso había venido al mundo, para auxiliar a los peregrinos:

- Lucía también era mi madre, y es mi hija, esa pequeña que no debería estar despierta ya, y que corre entre los muebles. Mi casa es la de ustedes, es mi herencia, mi orgullo y la herramienta para lograr mi misión de vida: para lo que Dios me puso en la tierra.

Mientras nos confortaba el fuego, Lucía nos contó algunas de sus alegrías y milagros:

- Todo lo que pedimos nos es concedido, hasta lo más raro. Un día pedimos un computador para saber del mundo, y al día siguiente un peregrino encontró aquí tanta paz que nos regaló un montón de cosas que no le iban a “amargar más”. Entre ellas había un laptop. Aunque nunca he tenido dudas, la evidencia me sigue sorprendiendo.

El calor y el desayuno no tenían precio, sólo colaboración voluntaria si era nuestro deseo. Cuando salimos de nuevo a caminar, todos preguntábamos lo mismo: ¿Cuál es mi misión? ¿A qué vine? Lucía nos dijo que las misiones tenían un truco: terminaban en “ar”. Las que terminaban en “er” rara vez eran de las buenas. Ella había escogido “dar refugio y consuelo”, eso era algo tan grande como para ser el propósito de su vida. Además nos aclaraba que todo se hace mientras haya vida y salud, no después.

Creo que hasta ese día, las “distracciones” nos habían tenido tan ocupados que no paramos a pensarlo. Nos distraemos en ser, tener, aprender, vender, complacer, comer y tantas otras. Parece que no sirven, no terminan en “ar”. Hay que pensar, comunicar, amar y todo sinónimo de dar. Ni siquiera cuenta compartir, porque no está en el truco.

Por cierto, para los que pudieran estar preocupados por aumentar de peso, dado que los peregrinos nos comportamos como procesadores andantes de alimentos, les alivio diciendo que perdí más de 10 kilos en menos de un mes.

El consejo, y la conclusión de esta historia: en algún momento hay que parar y pensar antes de avanzar. Como Alicia en el país de las Maravillas, cuando preguntó al conejo: ¿cuál es el camino correcto? Misma respuesta:

- Depende de a dónde vas. Si no lo sabes, cualquier camino te sirve. Mejor aún: detente hasta saberlo, no vaya a ser que andes en la dirección incorrecta.

Misión, destino, mega, etc. Hay muchas palabras y un solo significado, uno que no te puede decir nadie, porque es tan íntimo como la satisfacción de alcanzarlo, para por fin descansar en él, para nuestro siempre.


La lata de Garbanzos : misión

viernes, 29 de agosto de 2014

Luz

s. m.Energía que ilumina las cosas, haciéndolas visibles

Excentricidades, rarezas, hábitos inusuales o una inteligencia superior, son motivos por los que aún recuerdo a algún estudiante de mis años en la docencia. Y es que esas diferencias son las que dejan huella, no lo común, no el pasar desapercibido entre 30 o 50 estudiantes. Y es que yo creo que todos tenemos una lista de singularidades. Entre las mías están: una especie de Alzheimer retrógrado (me acuerdo de cosas que no pasaron) y una necesidad de sueño que se activa un par de viernes al año, y me hace dormir corrido hasta el domingo.

A media mañana llegamos a San Juan de Ortega. La guía del camino invitaba a visitar el monasterio románico, para no perderse un capitel triple en el arco triunfal, uno que resalta entre los comunes, entre las hojas. Dos veces al año, durante los equinoccios, justo a las 5:00pm y por sólo 10 minutos, un potente rayo de luz del ocaso atraviesa las tinieblas y entra por el alabastro de un ventanuco en la fachada, iluminando el capitel y revelando sus apretadas escenas, que inician con la anunciación de Gabriel a la Virgen María y termina en el nacimiento de Jesús.

Como llegué en mayo, me conformé con disfrutarlo al amparo de la luz común, pero la visita fue compensada por el enigma de un burgalés coincidente, extasiado por el día:

- Que agradecido estoy a la luz, que me revela la belleza. Todo lo que tiene luz es maravilloso, calor para el cuerpo y tranquilidad para el alma. Desde que enviudé, desde que su luz se apagó, me da miedo la noche. No la he encontrado de nuevo, no la reconozco en nadie, sólo veo brillo. ¡no me gusta el brillo!

“No me gusta el brillo”. Sentía haber escuchado eso antes, pero tal vez era de nuevo esa singularidad mía de mal implementar un “déjà vu”. Lamenté su pérdida y seguí mi camino sin demora, porque había todavía muchos kilómetros por delante. Caminé por días, hasta oír de nuevo el juego de palabras, cuando Milton hablaba de los sueños:

- … Desencantados del brillo, pueden reconocer la luz…

Antes de parar al desayuno, le pregunté por la frase, y le comenté del señor en Ortega. ¿Hablaban de lo mismo? Al parecer sí:

- La luz es alma, calor y seguridad; en los objetos, en las personas. El brillo es una imitación, un reflejo que descansa en el frío, como en los diamantes, en el oro y las joyas. Sus portadores brillan, pero pocos tienen luz. Puedes adornar los ojos de tu amada con pinturas brillantes, pero no puedes poner luz en su mirada. Inusualmente perteneces al tiempo a un grupo de pocos y a uno de muchos: los que reconocen la luz, y los que deslumbrados escogen por error el brillo. Para que un esclavo sea libre, debe al menos primero servir sólo a un amo.

La imagen que sus palabras había creado en mí fue tan clara, que no repliqué nada, lo que es bastante inusual. Sólo seguí caminando, sonriendo complacido y satisfecho con la respuesta.

En 1477, tras siete años de querer un heredero, cuenta la leyenda que la estéril Isabel la Católica, arrodillada y desesperanzada ordenó abrir la tumba de San Juan de Ortega. De ella salió un enjambre de abejas y deliciosos perfumes. Pasado un mes, concebía al príncipe Juan, heredero de las Coronas de Aragón y de Castilla. Sólo un año después de su nacimiento, paría a su hermana, la princesa Juana. Favores como ese se otorgaron por igual a reinas, campesinos y peregrinos.

Las singularidades de San Juan incluían medir dos metros, ser contemporáneo del Cid y haber vivido más de 100 años. Retirándose ermitaño a Ortega, construyó su santuario para proteger a los peregrinos en la travesía de los Montes de Oca, del acoso de ladrones y lobos. No es único que sus constructores hayan hecho pasar un rayo de luz por una ventana; eso es más famoso en Stonehenge o en Uaxactún. Supongo que su originalidad estaba en saber que la luz es alma, por eso la dirigió al vientre de María, que deslumbrada parece sonreír, agradeciéndola, nueve meses antes de la Navidad.

Si alguna vez hacen el Camino francés, el aragonés, o sólo pasan por San Juan de Ortega, no se pierdan “El milagro de la Luz”, uno más de los regalos de la peregrinación a Santiago.


La lata de Garbanzos : luz

lunes, 18 de agosto de 2014

Sueño

s. m.Proyecto, deseo o esperanza, con poca probabilidad de realizarse

Arrodillado, se sentaba sobre sus talones. Luego conectaba sus dedos en un mudra [1] y se encogía como un gato, hasta hacerse un ovillo. Eso era Milton cada noche desde León durante su meditación: una persona reducida a un ovillo, conectada a algo que no bien comprendo. Antes de iniciar, abría su minúsculo libro y seleccionaba el pensamiento que lo acompañaría en el viaje.

Galicia seguía orgullosa, mostrando sus verdes. Aunque se seguían agradeciendo, el sol no se había asomado en dos días, y el rocío que el día anterior parecía tan inusual y fresco, incomodaba de más. Ya queríamos parar, pero Milton tenía que llegar a la Villa de Portomarín, y no nos decía por qué.

Al fin vimos la torre a lo lejos, y la bajada pronunciada que nos llevaba a las riberas del Miño [2] y al puente de Áspera. Ya en el albergue, registrados y descansados, el grupo salió a dar una vuelta y a cenar el mejor pulpo de todo el camino. El motivo de la larga marcha se sentaba en una esquina, leyendo a media luz. Milton quería hablar con ella y me pidió invitarla a cenar. El trabajito de traductor no paraba, y llegaba el más difícil: Sabrina era una chica italiana de 34 años, de poco inglés, pero mejor opción que mi italiano formado por ‘pizza’, ‘buongiorno’, ‘nonna’ y ‘pesto’.

Esa noche, por primera vez, Milton nos invitó a sus reflexiones, con la condición de que sólo escucháramos. Todos menos Sabrina, que sí podía hablar (y yo traducir como mejor pudiera). Sentado y erguido, iniciaba, uniendo los dedos pulgar y medio [3]:

- Agradezco profundamente a todos, por acompañarme, por ser parte de mi camino. Son todos extraordinarios, personas en las que los sueños han encontrado tierra fértil, hombres y mujeres atraídos por lo que otros creen fantasía, protegen, anhelan y lograrán sus profundos deseos. Desencantados del brillo, pueden reconocer la luz. En Sabrina, la tentación de la cotidianidad quiere hacer mella.

No sé quién estaba más consternado, ella por reconocerse en sus palabras o yo por tener que traducirlas. Como pude hice la tarea, llevando y trayendo. Ella daba sus razones:

- Ha sido mucho tiempo. Mucha decepción, muchos callejones sin retorno. Ésta es mi última rebeldía, al regreso prometí ser una mujer normal. Son sueños de niña, y ya es hora de ser una adulta.

Milton sonreía mientras negaba con la cabeza:

- Te vas a hacer daño. Tu sueño es tu obra, tu creación, una parte de ti. Es más importante que una mano o un pie. ¿Te cortarías por voluntad una mano? ¿Tiene derecho alguien a pedirte eso? Los sueños no se abandonan nunca, aunque tu cabeza te haga pensar que no se van a cumplir. Lo que llamas “normal” es una persona sin sueños, o que teniéndolos los ha abandonado y busca por envidia que la acompañes. No escuches los motivos para abandonar, mejor busca los caminos para el logro. Las excusas son fáciles, yo no las acepto, tú puedes hacer lo mismo.

Así empezó una conversación larga, llena de razones, de crítica y de respuestas. Sabrina peleaba sin aliados y estaba a punto de rendirse; en el fondo se sentía sola, se sentía diferente, era una cebra sin rayas, aunque tratara de pasar desapercibida, su rareza producía atracción y excitación a su entorno, más preocupación a sus afectos. Lo más gustoso de esa noche es que nunca se preguntó o dijo cuál era su sueño, porque no era importante, porque servía para cualquiera. Para todo tenía Milton contesta. Recuerdo, de lo último dicho:

- Una persona extraordinaria no se puede medir por las reglas hechas para la persona promedio, para el común. Si en lugar de ir al médico vas al veterinario, saldrás mal en las pruebas. No eres tú, son los instrumentos no hechos para ti. Tus tiempos son tan distintos como tus sueños. Aunque una persona pase esta vida sin lograr su anhelo, no es motivo para abandonarlo. Si sólo te rodea viento en contra, aprovéchalo para volar a otras tierras, donde puedas crecer. Tus sueños te trascenderán, por favor protégelos, para que lo que yo siento hoy, lo pueda ver alguno de los tuyos.

Entre las curiosidades de Portomarín, está que el antiguo pueblo fue inundado en la construcción del embalse. La iglesia de San Nicolás fue trasladada piedra a piedra hasta donde está hoy. Cuando el nivel del agua lo permite, se pueden ver restos del antiguo puente y las ruinas del pueblo en el fondo del embalse.

Las conversas y la amistad llevaron a Sabrina con nosotros hasta Santiago, donde rentamos un apartamento para la noche. Todos partimos al día siguiente, para algunos el camino acababa y era tiempo de volver, mientras que para Sabrina se extendía la experiencia hasta Cabo Finisterre [4]. Aunque está prohibido hacer fuego, la tradición invita a los peregrinos a quemar su ropa y dejar ahí las botas, como símbolo del nacimiento del nuevo hombre. Muy temprano en la madrugada, me despertó al deslizar bajo mi almohada una bella nota con su e-mail y dirección en Rimini [5]. Entre lágrimas me daba un beso y se despedía, pidiendo que no me levantara. Sólo me dio tiempo de desearle, como es costumbre de Santiago, “buen camino”. Espero que haya podido mover las piedras de sus sueños a un sitio más alto y seco.


La lata de Garbanzos : sueño
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[1] Es una posición de los dedos, que tiene como fin abrir o cerrar circuitos de energía. Sirve para lograr armonía y entrar a un nivel profundo en la meditación.
[2] Río europeo situado en el noroeste de la península ibérica, que discurre casi íntegramente en Galicia. En su tramo final forma la frontera entre España y Portugal antes de desembocar en el Atlántico.
[3] Mudra de la sabiduría.
[4] Situado en la costa atlántica de España. Hasta que Colón no demostró lo contrario, era considerado el fin del mundo. El origen del Camino a Finisterre es incierto, pero los historiadores consideran a este cabo como el auténtico término de las antiguas peregrinaciones paganas. Por este motivo, muchos peregrinos terminan aquí.
[5] Norte de Italia. La provincia se extiende en la parte sureste de la región de Emilia Romaña. Es un conjunto de pueblos y aldeas ricas en patrimonio histórico y artístico, colinas en las cercanías del mar, una rica tradición artesanal y de productos gastronómicos de excelente nivel, desde hace más de 160 años, uno de los lugares de vacaciones más frecuentados de Europa.

jueves, 31 de julio de 2014

Empaque

s. m.Envoltura que contiene productos de manera temporal, principalmente para agrupar unidades pensando en su manipulación, transporte y/o almacenaje


Cinco extraños en el mismo albergue, a la misma hora, hacíamos lo mismo: dejar la carga en las estanterías, en la zona de intercambio. El agua caliente relajaba el cuerpo, y aclaraba la mente. El cartel daba sabiduría e instrucciones: DEJE LO QUE LE SOBRE, TOME LO QUE NECESITE.

Antonio tenía escuelas en Brasil y Melanie producía televisión en Canadá mientras Sonja atendía reptiles en Austria e Ishiro diseñaba circuitos integrados en Tokio. El menor (Franz) estudiaba medicina en Alemania. El tatuaje común: los hombros con marcas rojas, hechas por el roce de las asas del morral. El primer día nos enseñaba que cruzamos los Pirineos con demasiado peso, que no hacía falta tanto. Dejamos ropa, gorras, tenis, botellas de champú, acondicionadores y más. Todo era pesado, innecesario o incómodo. Una chaqueta de microfibra, un mono de media pierna desmontable y dos franelas fáciles de lavar tendrían que ser suficientes.

Antes de dormir, la primera misa del Camino: tres sacerdotes y varios idiomas, bendecían a los peregrinos para el reto, y nos deseaba buenaventura hasta Santiago. Mientras Mel trataba de entender por qué había entrado, si ella de la religión pasaba sin prejuicio ni arrepentimiento, mi mente escuchaba el sermón en background y mis hombros resentían el roce. Mi mente razonaba:

- Aquí toda la gente es nueva, acá no hay que demostrar nada, ¿por qué empaqué tanta tontería? Todos son extraños, todo es nuevo. Tus conocidos, incluida Constanza, están en Caracas. Es momento para reinventarse.

Si uno tiene muchos amigos, debe alegrarse si sólo salen mal dos o tres. Constanza es una de las que nos salió mala. Mala porque aunque todo lo hace de corazón, ella no emite comentarios sino epitafios. Candidata a tener algún grado de Asperger, si le ofreces galletas te responde que le suben el azúcar y se puede morir. Si le muestras un nuevo reloj, te recuerda la inseguridad que hay en Caracas y cuantas personas han muerto el último fin de semana por robo. Si alguien menciona la palabra cáncer, ella responde ¡Horrible forma de sufrir, yo seguro tengo! Hablar más de dos horas seguidas con ella, podría convertirse en causa justificada para lanzarse al metro. La recordé en ese momento porque en el cumpleaños de mi hermano, le regaló uno de sus inusuales elogios:

- Incomprensible. ¿Cómo te casaste con una mujer tan hermosa, siendo tú tan feo?

Él sólo respondió, logrando confundirla y callarla:

- Normal que no lo entiendas, es culpa del envoltorio: ¡Yo con ropa pierdo mucho!

Con excepción de la comunidad nudista, desde que nacemos nos acostumbran a la pena, y a tapar el cuero. Otrora herramienta para el frío, hoy día la ropa nos cambia continuamente, forma parte de nuestra tarjeta de presentación. La acumulamos sin límite. Además, si el vestir o el barbero no fueran suficientes pero el dinero sí, las cirugías reconstruyen narices, muslos, caderas, senos, y cuanto pueda generar complejos, sensación de envejecimiento o distancia de nuestros ideales. La industria del empaque parece no tener límite, mientras cubre nuestros vacíos. Cuenta mi madre que yo era de esos niños que al abrir un regalo, lo dejaba de lado rápidamente y jugaba con la caja. ¿Sería por eso el viejo gusto por las envolturas? La buena noticia es que como todo lo aprendido, es susceptible de desintoxicación, y toma menos de un mes. Usted necesitará sólo diez horas de caminata diaria.

Por todo el norte de España reconoces a los peregrinos por las mochilas, las botas y los bastones, pero sobre todo, aunque no lo notas a primera vista, porque no van muy envueltos. La gorra vuelve a ser para protegerte del sol y la chaqueta para el frío y el viento. Las botas amansadas y la doble media no son para verse bien o ser más alto, sino para protegerte los pies. Una franela debe ser fácil de lavar y exprimir con las manos, secándose con un poquito de sol. Los días van borrando la necesidad de adornos, y a las chicas se les olvida el maquillaje, porque hasta la piel necesita respirar profundamente.

Sólo un mes, para no ser el mismo, para que no te importe más. Luego de un mes, regresando a Caracas, haces otra escala en Tenerife, y lo primero que haces instintivamente es pedir la lavadora para vaciarle el morral. Mientras esperaba para llenar la secadora, rechacé la invitación a salir, no tenía calcetines secos. Fue entonces cuando supe que volvía, mientras mi hermano apuntaba al cuarto de huéspedes, con una sonrisa:

- ¿Para qué esperar? ¿De quién son esas dos maletas a reventar de ropa?

¡Pues mías! Creo. Me quedé un rato mirando el inventario, reconociéndolo. Franelas, calcetines, remeras y shorts de todos colores. La primera impresión fue repulsión, una sensación de desperdicio, de estar viendo ropa mal escogida, poco práctica: ¿Para qué tenía tanta ropa? Debe pesar un montón, esas telas no sirven, tanta costura, tantos botones, no se deben lavar o secar fácil. El morral, que se había vuelto mi casa, sólo tenía espacio para una franela azul y una negra, que eran ligeras, que eran mías. Yo no era esa ropa, yo no acumulaba. Si pongo más ropa hay que sacar la cama (el sleeping bag) o la toalla (el cuero de nadador).

Aunque terminé poniéndome la ropa de la maleta para salir, me acompañaba ese sentimiento de que era ropa prestada, de que ya no me representaba. Si quería buscar algo, era un jean y una franela blanca, sin cuello, ligera y algo transparente, porque lo demás es envoltorio, una forma de ocultar lo que somos, para mostrar lo que los demás dijeron que debemos ser.

Desde entonces, como regla, si compro una pieza de ropa, su equivalente se regala al primero que la necesite. El espacio vale mucho para mí, como para ocuparlo con inutilidades.


La lata de Garbanzos : empaque
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martes, 1 de julio de 2014

Perdón

s. m. Acción y resultado de olvidar la falta que alguien ha cometido, desechar u olvidar la deuda.


Recibir la Compostela(1) con tu nombre en latín, es parte de los regalos del Camino de Santiago. Simboliza el perdón de los pecados cometidos hasta entonces en la vida, entendiendo la peregrinación como una penitencia. Además, te incluye en la misa del peregrino, donde los sacerdotes te dan la bienvenida, por tu nombre y el país de dónde vienes. Es un momento gratificante, que recomiendo a todos. Supongo que en el siglo pasado, el Camino debió ser una travesía dura, pero hoy es un espacio de disfrute, lleno de ecología, arte, arquitectura, buena comida e inmejorable compañía, aunque no por ello, libre de esfuerzo.

La catedral cuenta con muchos confesionarios, para la escucha de imprudencias en todos los idiomas: pecados en francés al confesionario 5, en portugués al 6, en español del 1 al 3, Pro Linguis Germanica et Hungarica en el 7. Hay que reconocerles una gran organización y disciplina, necesaria para calmar la angustia de tanto visitante, en la oreja sin cara de quien esté del otro lado de la ventanilla.

Salí de la misa razonando el sermón, porque yo tengo la mala costumbre de analizarlo todo:

- Claro, yo vine de vacaciones, no a que me perdonen. Y no es que falte algo por lo que pedir perdón, pero éste es uno de los grandes… ¿se podrá ahorrar para pecados futuros? como un programa de puntos: pecados pequeños 10 puntos, pecados grandes 25 puntos, gula 21 puntos y así. ¿Se lo podré regalar a un gobiernero de los que ha destruido mi país? Seguro le hace falta.

Los peregrinos llegamos con eso de "pedir perdón" ensayado. Hay al menos dos puntos en el Camino francés para eso. El primero está en los campos de trigo de Navarra: la cima del Alto del Perdón(2). De lo que fue, hoy sólo queda una hilera de turbinas de viento a lo largo de la cordillera, marcando la modernidad en el camino de la tradición. Las esculturas de hierro ya ni siquiera voltean a mirarte. Antes de llegar, ya ha hecho uno penitencia con el esfuerzo de la cuesta. El segundo es La Cruz de Hierro, uno de los cruceros(3) ícono del camino. Es una bella cruz de hierro forjado, sobre un gran poste de madera, asentada en una colina de piedras que crece.

Cuando decides hacer el Camino, es tradición llevar una piedra de tu hogar, escrita o envuelta con tus deseos escritos, y dejarla en la cruz. En el crucero “más cerca del cielo”, Dios da prioridad a los perdones y peticiones en las piedras, una especie de pase VIP. Aunque no dejaba de pensar que me “coleaba”, dejé las piedras que llevaba (la mía, la de Gilberto y la de Cris).

A diferencia del Alto del Perdón, la Cruz de Hierro está rodeada por un paisaje envolvente. El cielo parece visto por un lente de ojo de pez, como si los bordes del azul se cerraran en la tierra, amparados por la ubicación, la altura y tal vez una dosis de cansancio.

El garbanzo no llegada. “Perdón”, ¿qué significa realmente? ¿Cuáles son los límites? Mientras dejaba la cruz pensándolo, en mi cabeza había música de fondo, el ídolo cantaba:

- Perdóname, perdóname, si hay algo que quiero eres tú …

Entonces ¿perdonamos sólo cuando queremos? ¿Qué es el resto? Paciencia y resignación. Si mal no recuerdo, todo pecado fue pagado en la cruz, sacrificando al cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. El tetelestai(4) en el recibo lo comprueba. Mi entendimiento no da para esto, o al menos para aceptarlo, como decía mi abuela: “No me da la cabeza”. “Un paso a la vez” es siempre un buen consejo, así que por ahora el perdón es olvidar la falta cometida sin intención, o que pueda revocarse sin consecuencias.

Mientras crece mi conciencia, me conforta pensar, que benevolencia y justicia llegarán juntas, mezcladas con la ironía. A los que en Latinoamérica tienen sangre en las manos, por acción o complicidad, les llegará el día de pedir perdón, y aunque haya arrepentimiento profundo y honesto, oirán latir la sien del jefe tras la corona de espinas, y les responderán como a los venezolanos en los supermercados y farmacias: Lo siento, no hay.

La lata de Garbanzos : perdón
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(1) La Compostela es un documento del Cabildo Catedralicio de Santiago que certifica la peregrinación por motivos religiosos o espirituales a Santiago. Para conseguirla, se debe mostrar la credencial, donde se ha ido sellando y poniendo la fecha a lo largo del Camino, como por ejemplo en los refugios en los que se ha dormido. Para conseguirla se debe llegar a Santiago tras andar al menos 100 kilómetros a pié o 200 en bicicleta. Está escrita en latín.
(2) La sierra del Perdón va desde el puerto del Carrascal hasta el valle de Echauri. En medio de esta montaña se encuentra el puerto de Erreniega, por donde cruzan los peregrinos que van desde Pamplona a Puente la Reina. Hasta mediados del siglo XIX hubo aquí una ermita dedicada a la Virgen del Perdón y un hospital de peregrinos.
(3) Cruces altas de piedra, hierro o madera, son elementos devocionales integrados al paisaje que se encuentran en medio de los núcleos de población, encrucijadas, cementerios, atrios y bordes de caminos. Reflejan el sentimiento supra natural que rodea la vida tradicional del campo gallego. Tradicionalmente barrocos, se levantaron entre los siglos XVII-XIX, aunque no faltan algunos medievales.
(4) Palabra griega que se traduce como “consumado”. Era utilizada para estampar el sello de “pagado” en un recibo, y también era el sello que se ponía sobre los cargos contra un criminal, una vez que había cumplido su sentencia. Un tetelestai era clavado en la puerta de la casa, comprobando que realmente él ya había pagado por sus crímenes.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Relevo

s. m.Sustituir a una persona por otra en un empleo, cargo u otra actividad.
En ocasiones cuando despierto, no entiendo dónde estoy. Y no es que acostumbre amanecer en cualquier sitio, pero a veces la conciencia no ha calentado todavía y el cuerpo ya se ha levantado. Toma unos segundos entender dónde me quedé dormido.

Esto empezó una noche de cine, en la que me dormí viendo una película muy lenta sobre un paseo por unos viñedos. La amplia butaca, cómoda por demás, me hizo creerme en mi cama. Sin abrir los ojos pensé:

- ¡Otra vez me dormí con ropa!

Acto seguido me quité la franela. Con una mano buscaba la cobija inexistente y con la otra daba cuenta del pantalón, cuando Cris reaccionó con un golpe de codo en las costillas que aún recuerdo con “cariño”. Desde ese día, los despertares lentos pasan por un chequeo rápido que incluye vestir al menos ropa interior.

Era otro de esos días. Algún peregrino del albergue se levantó antes de las 4:00am, con la gracia que caracteriza a un rinoceronte: tropezando y despertando a todos. Luego de un minuto, ya me ubicaba en España y en el Camino, era el último día con mis primeros nuevos amigos.

Sonja no podía alargar más su viaje, sus reptiles la esperaban en Austria. Antonio ya se había despedido; enganchado hace tres pueblos con una hospitalera. Melanie debía encontrarse a la mañana siguiente con su madre para iniciar sus vacaciones conjuntas en alguna playa en las costas de África. Era una jornada sobre los 30 kilómetros si mal no recuerdo.

Recogimos los morrales y salimos a caminar hasta encontrar un bar abierto, para el Cola-cao y el bocadillo de tortilla. Desayunados y contentos Sonja se despedía como de costumbre. Cada mañana, luego de comer, ella aceleraba el paso y nos esperaba en un punto acordado, esta vez un albergue a la entrada de Burgos.

Caminamos entre paisajes abiertos, música, monumentos, iglesias, puentes y los ritos de tradición que recomendaba la guía, todo contabilizaba como un buen día. Llegando al punto de encuentro estaba muy cansado, los pies querían parar y las ampollas amenazaban con hincharse. Mala noticia: albergue estaba cerrado por reparaciones. En la puerta de madera pintada de azul y con grandes aldabas, había una nota de Sonja: sigan caminando, hay otro hostal a la salida, yo los anoto.

Seguimos con ánimo, sin percatarnos de que Burgos no era un pueblo más, esto si entraba en el ranking de ciudad. El próximo albergue estaba a unos 10 kilómetros, en un día que ya había tenido demasiado recorrido. Caminamos sin reparar demasiado en los arcos, por demás impresionantes, ni en las afiladas torres de la catedral, sólo queríamos llegar. Cada vez que preguntábamos por cuánto faltaba, la respuesta era la misma: estábamos cerca. Empezaba a molestarme. Me sentía en los llanos venezolanos, donde todo queda “cerquita” aunque uno demore horas en llegar.

El albergue no aparecía y yo estaba demasiado cansado. No lo quería hacer, pero tenía que parar, tenía que tomar algo. Entramos a un bar por una soda. Dejé el morral y el bastón en una silla. La coca-cola estaba fría, me la tomé en un trago y dejé el vaso vacío en la barra junto al pago. Refrescado, debía ir al baño, llamaba el número uno. Lavándome las manos me vi en el viejo espejo. Algo andaba mal, ese no era yo.

Mi piel estaba envejecida y curtida, la barba crecida y llena de polvo. Tenía el cabello menos ralo y un poco más largo. Me vi durante un rato, sin miedo, pensando que realmente necesitaba afeitarme, que necesitaba una ducha, había demasiado abandono, incluso para un peregrino de Compostela, mis ojos eran los mismos. El pomo de la puerta, detrás del lavamanos, era dorado, debían haberlo cambiado hace poco. Lo tomé para abrir y salir a entender qué pasaba, cuando alguien bajó el telón.

Desperté en el albergue, tenía frío, dolor de cabeza, estaba temblando. Me latían los pies y las manos, como si les hubieran puesto corazones. Mel y Sonja estaban sentadas a un lado de la cama, mirándome con preocupación. Otra vez esa sensación que me incomoda tanto, esa falta de ubicación: ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí?

Sólo podía pensar en un baño, en borrar la imagen del espejo. Como era tarde había duchas libres y nadie esperando. Tomé mucho tiempo en afeitarme, con cuidado y repetidamente hasta que la barba roja quedó en el drenaje. La tubería de la ducha salía desde el piso, anclada por fuera de la pared por unas arandelas a la altura de la reluciente llave amarilla. Le di varios golpes con los nudillos, aunque todavía hoy no entiendo para qué hice eso ¿de qué tenía la culpa la tubería? Al salir, confirmé de nuevo con el espejo, que ya era yo. Me cosí las ampollas nuevas y salimos a comer. Mitad del camino a la cena estuvimos en silencio, hasta que Mel decidió preguntar:

- ¿Qué te pasó? Estaba muy asustada.

No tenía respuestas:

- No lo sé, no sé cómo llegué al albergue, sólo recuerdo hasta salir del baño, luego del refresco. Lo demás está en blanco.

Me abrazó de un costado, y con una sonrisa caminamos al encuentro de la comida, al parecer ella sabía algo que yo no. En la mesa, terminados los abrebocas, llenó los espacios en blanco:

- Saliste del baño muy pálido, con la mirada desorbitada, algo te había asustado. Tenías la cara rara. Cargaste el morral y saliste sin decir palabra. Tomé tu bastón y te seguí, preguntando qué pasaba. Sólo alcanzaste a decir algo que no entendí, ya no querías hablar inglés. Caminamos a prisa lo que quedaba hasta el hostal y el hospitalero te recibió de buen humor. Al ver los nombres llamó a Sonja, que ya había apartado camas. Le llamó la atención que iniciaras en Caracas y te preguntó si hablabas español, le dijiste que sí y comentaste algo, pero seguías hablando en portugués. Nos quedamos todos un poco confundidos. Sellaste el pasaporte y pagaste de nuevo, mientras Sonja te decía que ya ella lo había hecho. Fuiste a la cama y te quedaste dormido. Temblabas, pero no tenías fiebre. Te vigilamos el sueño hasta que te levantaste, aunque ya estábamos considerando seriamente buscar ayuda.

Lo que oía era el cuento de un extraño. No entendía que pasó, aún hoy no lo sé. Tal vez el cerebro es como un disco duro, que ese día escribió en un sector dañado. Los que saben del cuento me han sugerido desde una droga de contacto en el pomo del baño hasta alguna sustancia en la bebida (los venezolanos gozamos de un toque de paranoia). Otros dicen que fue el efecto de todo el vino que me había tomado desde que llegué a España, que reconozco fue mucho. Tal vez fue “culpa del imperio”. Ciertamente, el cansancio juega malas pasadas. Mel tiene su propia teoría:

- A mi mamá le pasa todo el tiempo. Ella siembra un pequeño lote de tierra detrás de casa. Cuando el trabajo es mucho, medita y pide ayuda. Entonces la ayuda llega a terminar la tarea. Algunos lo llaman relevo, otros “intercambio de estudiantes” aunque esto es para algo permanente. Cuando uno pide ayuda, ayuda recibe. Toman cuenta del cuerpo, tu mente descansa.

Nunca pregunté qué cultivaba su mamá, porque hubiera sido obvia la intención de la pregunta. Ante una mejor explicación, prefiero no escoger ninguna. De todo, sólo quedó en mi diccionario, que relevo es ayuda que llega, cuando uno tiene demasiado orgullo para pedirla
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La lata de Garbanzos : relevo

lunes, 7 de abril de 2014

Paz

s. f. Certeza, impalpable pero real, de bienestar físico, emocional y espiritual
León nos daba la bienvenida, con sus cielos abiertos antes de Cristo y sus plazas amplias. Yo esperaba ver la piedra de la guerra: la invasión musulmana, de comunidades, la civil, una dictadura y más. Pero como el camino tiene un propósito propio, lo que encontré fue paz, las historias del Cristo de marfil y a la Virgen del Dado.

La guía del camino recomendaba un gran albergue parroquial, al que debía tratar de llegar antes de las 4:00pm, hora en la que se llena con peregrinos que van a caballo y bicicleta, a los que no dejan registrarse antes. Los peregrinos a pie teníamos algunos privilegios.

Llegué cerca de las 3:00pm, registré y sellé mi pasaporte. El chico en el escritorio me dio la bienvenida y me preguntó si necesitaba lavandería. Era un buen momento para lavar todo, lo que no estaba sucio estaba mojado. En lugar de saber dónde había una lavadora, dejé todo a una monja, que con una sonrisa me dijo:

- Yo me encargo de todo, lleva el resto de tus cosas a tu cama y ve a conocer la ciudad, cuando regreses todo estará en orden. Te toca la litera 23, la cama de arriba. Guarda esta cinta para saber que estás con nosotros, debes llevarla para que abran la puerta  si regresas tarde al albergue, aunque preferimos que descanses temprano, quedan muchos kilómetros hasta Santiago.

Amable pero disciplinada, como mi tía Beatriz, cultura de monja. Con una bolsa de ropa sucia en una mano, y la cinta en la otra, me escoltó a mi litera. Al llegar, colgó la cinta en la cama superior, me deseó un buen descanso y siguió al fondo de la habitación. En la parte baja de la fila 24 había un señor de unos 60 años, que leía un libro muy pequeño. Al verme, detuvo su lectura y me dijo:

- Eu esperei-o uma hora, estou com fome, mas tive que esperar até que você chegou(1)

Ahí conocí a Milton, un budista brasilero, que decidió hacer el camino desde León hasta Santiago. Preocupado porque alguien le entendiera, meditó un rato y le dijeron que esperara por un peregrino que hablaba portugués, de cabello negro, estatura baja y al que las monjas iban a asignar la parte superior de la cama contigua. Con mi cara escéptica de costumbre ante este tipo de comunicación inalámbrica, le hice notar que debía tener algo de interferencia, porque yo no era precisamente bajito. En su meditación, su grupo de camino era de pocas personas, entre las que estaba una chica que íbamos a conocer en el próximo albergue, cuyo sueño debía proteger. No pregunté de quién o qué.

Le acompañé a dar una vuelta por la ciudad y a almorzar. Como no tenía claro si el budismo era una religión o una filosofía de vida, hice pocas preguntas, para no ofender por accidente. Por lo que entendí, él simplemente seguía unos métodos e ideas, que lo ayudaban a liberarse del odio, la codicia y la ignorancia, aprovechando al máximo su vida. Tenía una conversación demasiado interesante, especialmente para alguien de su edad.

Regresamos al albergue temprano. Mi ropa estaba limpia, seca y doblada en mi cama. Por un momento pensé que si tuvieran comida, sería un buen lugar para quedarse un par de años. El sueño llegó rápido, el cansancio pasaba factura. Estaba en un sueño profundo, cuando se encendieron unas luces pequeñas y tenues en el piso. Dos hombres con pequeñas campanas en las manos nos despertaban. En voz baja decían:

- Las hermanas los invitan a su última hora de meditación. Es un privilegio que pocas veces se otorga y que debéis aprovechar.

Caminamos medio dormidos por pasillos y escaleras. Debimos haber bajado un par de niveles. Por mi cabeza pasaban algunas ideas: Esto puede ser una secta, o más bien unos traficantes de órganos disfrazados de monjas, espero que no piensen vender los pies, porque todos los peregrinos los llevamos como los de Frodo(2).

Llegamos entre las sombras a la nave central de una iglesia, la cúpula embelesaba. Sentados en un palco vimos a tres filas de monjas, de diez a quince por fila. Cantaban en sincronía una poesía, repetida sin parar, como si fuera un mantra:

      Como el niño que no sabe dormirse, sin cogerse a la mano de su madre,
      así mi corazón viene a ponerse, sobre tus manos al caer la tarde.
      Como el niño que sabe que alguien vela, su sueño de inocencia y esperanza,
      así descansará mi alma segura, sabiendo que eres tú quien nos aguarda.
      Tú endulzarás mi última amargura, tú aliviarás el último cansancio,
      tú cuidarás los sueños de la noche, tú borrarás las huellas de mi llanto.
      Tú nos darás mañana nuevamente, la antorcha de la luz y la alegría,
      y, por las horas que te traigo muertas, tú me darás una mañana viva.


Mientras cantaban, balanceaban su cuerpo hacia adelante y hacia atrás, girando al ritmo del último párrafo. Muy suave, muchas veces. Sin darnos cuenta, los observadores nos habíamos aprendido la letra, y muchos hacíamos amague de movernos. Un movimiento tentador, que el sueño no dejaba inhibir, sólo había que seguir el ritmo. Milton era de los pocos que no se movía, sólo miraba complacido. Entonces me dijo:

- Nunca había visto dentro de un grupo, tanta gente en paz.

Le pedí explicación, ¿cómo reconocía a las monjas que tenían paz? ¿Por qué no todas? A fin de cuenta hacían lo mismo en el mismo lugar. Esto es algo de lo que recuerdo:

- Mira sus caras. Dime, ¿en cuáles ves armonía? ¿cuáles no han notado que estamos aquí? Entregadas al gozo del momento. Cabezas tranquilas en medio de cabezas perdidas. No hay apego a lo material o lo social, aunque alimenten su cuerpo, porque están en equilibrio. Bendecirán con amor un nuevo día, si está en su destino vivirlo. Son conscientes de la belleza y la fealdad, de la juventud y la vejez, de la enfermedad y la salud, no son felices por ignorancia. Se han encontrado con su futuro y lo están disfrutando, sin necesidad de apoyarse en otro. Sé que no es fácil de explicar, pero si quieres reconocer la paz interior, busca los rostros donde no hay deuda.

¿Deuda? Necesitaba más explicación, esto no debía referir a deber dinero. Él continuaba:

- La deuda son los compromisos que atender, las tareas por cumplir, los favores por devolver, las cosas por decir, que no te dejan vivir a plenitud el ahora. No estás en paz si sales a protestar, si tienes quejas o demandas, si tienes una lista de pendientes. No te esfuerces demasiado en saber si la has alcanzado, porque el que tiene paz la mayoría de las veces no la reconoce, sólo la disfruta.

Contrario a la recomendación, empecé mi camino del siguiente día pensando, ¿había alcanzado alguna vez esa paz?, ¿la alcanzaba él en sus meditaciones o sólo tenía clara la meta?, ¿contarán los orgasmos? Imagino que no, por lo de no apoyarse en otra persona, y por mi interminable lista de pendientes, en la que había agregado: ayudar a la chica del próximo albergue con su sueño.


La lata de Garbanzos : paz
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(1) Te esperé por una hora, tengo hambre, pero tenía que esperar a que llegaras.
(2) Hobbit nacido en la Tercera Edad del Sol. El señor de los anillos. Los hobbits eran conocidos por sus pies desproporcionadamente grandes, planos y con rasgos simiescos.

miércoles, 22 de enero de 2014

Abandono

s. m. Renuncia o descuido de los intereses y obligaciones.
Un buen peregrino sueña con llegar a la Catedral de Santiago de Compostela y abrazar la estatua antiquísima del Apóstol de Jesús. Es un momento emocionante, de gran abandono y entrega, que ocurre en el altar mayor. Además, nos permite una vista magnífica de la nave principal.

Mi hermano José Luis dice que soy una persona terca en extremo, que me aferro a las cosas aunque no me convengan, que tengo la fuerza para torcer mi destino y que eso no es bueno. Recuerdo decirle un par de veces, que en el fondo lo que pasa es que no me gusta el abandono. Creo que Dios concede siempre la victoria al que persevera y se esfuerza. En el fondo pensaba que renunciar era una forma de perder, aceptar que emprendí una aventura inadecuada, que era otro el camino correcto y que el tiempo invertido estaba perdido. Traté de convencerme de que el abandono tenía un lado amable, una oportunidad a nuevas experiencias, al reemplazo de lo que dejé, pero nunca me compré ese razonamiento, aunque siempre he sido muy convincente. Y es que yo consejos vendo, pero para mí no tengo.

Ésta es parte de la historia de Jean Paul, un anciano francés con el que nunca hablé, pero del que aprendí que a veces el que persevera no alcanza, que el que abandona debe hacerlo aunque no quiera, y que podemos renunciar sin esperanza, porque lo único nuevo a cambio es la aceptación.

A las cinco de la mañana comenzó el ruido en el albergue, los que salían temprano empezaban a recoger las bolsas de dormir. Era el día de llegar a Nájera, con dos ampollas casi curadas y cuatro nuevas recién cosidas. Primera parada, un vaso de chocolate caliente y un bocadillo de tortilla de papa. Las flechas amarillas nos llevaban a buen destino, por espacios abiertos y un poco de lluvia, que no era suficiente para justificar el calor del poncho.

Luego de tres horas le vimos, peleando con el viento y aferrado como podía al bastón. Su mochila era inusualmente ligera y tenía un atuendo más descuidado que el promedio, lo que es decir bastante. Debía tener 80 años al menos, cabello cano y ojos muy azules, en una vista nublada por alguna condición que no pudimos adivinar. Nos saludó de buen ánimo al tiempo que nos hacía un ademán para que no paráramos.

Tras responder al saludo de Mel en francés, ella le ofreció nuestra intención de ayudarlo a volver al pueblo que acabábamos de dejar atrás, hasta que hiciera mejor tiempo. No nos dejó ayudarle, pero le permitió a Mel que lo acompañara un rato, a paso lento y tratando de servirle de segundo bastón.

Debe haber pasado media hora, cuando Mel le dejó atrás y nos alcanzó con los ojos rojos e hinchados. Durante un buen rato no dijo palabra. Todos nos vimos las caras pensando lo mismo: si le preguntamos ahora rompe en llanto. Cuando se calmó y habíamos perdido de vista al peregrino nos dijo:

- Hubiera sido un error hacerle volver. Se llama Jean Paul y está muy enfermo. Durante años se sometió a quimio-terapia, pero perdió la batalla. Le han dado muy poco tiempo. Lo lleva bien. Hace una semana se despidió de su familia, ordenó sus pertenencias y quemó lo que sobraba. Siempre quiso hacer el Camino, pero lo postergó una y otra vez, hasta ahora. Renunció a todo lo demás. No cree que llegue a Santiago, pero quiere morir aquí, lo más cerca que pueda de la catedral. Lleva un escrito para quién lo encuentre, y dinero para una lápida, que debe decir: Jean salió de Paris en 2005, y en este punto, se abrazó a Santiago.

Las próximas horas estuve callado, pensando en la gracia de tener salud, de tener destino, de tener un ticket de avión de vuelta a casa, donde hay gente que me espera. Soy afortunado, nunca he salido sabiendo que no volveré, nunca he salido a morirme. Muchos de los que creí problemas, desaparecieron, o pasaron a tener una nueva dimensión. Entendí que yo nunca abandoné nada, sólo dejé a personas y cosas por otras mejores, por otras nuevas, quejándome de forma egoísta solamente por no tener ambas. Eso no es abandono, abandono es aceptar sin temor, que la vida se acabó.

La lata de Garbanzos : abandono