lunes, 4 de agosto de 2014

Ladrón

s. m.Quien hurta o roba. Es un delincuente, ya que hurtar o robar es penado por la ley


Como era tan chico, las palabras que voy a usar seguro no eran las exactas, pero el recuerdo sí. Llegaba del colegio y pasé por la bodega, para llevar algún pendiente a casa de la abuela. Entraba por debajo del pequeño mesón de servicio, cuando al mirar hacia la caja vi a Guaripete [1] tomando dinero y guardándolo en su bolsillo. Al verme, llevó su dedo a la boca haciendo una seña que llamaba al silencio y a la complicidad.

Subí asustado las escaleras al lado del tanque de kerosene, para contarle a papá mi gran descubrimiento: nos estaban robando, ¡Había que llamar a la policía! Pero resultó que ya lo sabía, eso sólo era un secreto para mí y el abuelo. Strike uno al oído:

- No pasa nada. Cada vez que su familia tiene necesidad de dinero, lo saca de la caja. Creo además que tiene algo de tontura o enfermedad. No sé si no lo puede controlar, o lo hace para llamar la atención o divertirse, para jugar al astuto. Se lleva poco, yo me hago el que no sé, y pienso que es parte de su salario.

Mientras se rompía el paradigma del bien y del mal, se me ocurría la brillante idea de no aceptar ese concepto tan criollo, despedirlo y buscar a otro empleado como Francisco, ¡que era portugués! Ahí vino el strike dos:

- Buena idea, lo que no sabes es que él también nos roba. No por tonto, sino por lo que cree justicia. No puede esperar, los días no le alcanzan para tener su propio negocio. Trabaja como esclavo, y en su cabeza merece más dinero, así que lo toma. Tampoco me importa, su esfuerzo lo vale.

A medio entender lo que escuchaba, de todas las preguntas que llovían en mi cabeza, había dos urgentes. Primera: ¿Por qué le damos trabajo a ladrones? Segundo: ¿Les pagamos poco?

- Es lo que hay. Siempre creo que son honestos. Algunos debieron empezar acá, cuando se les presentó la oportunidad de trabajar donde hay efectivo a la mano. Creo que les pago bien, pero puedo estar equivocado. No cambiarían si les pago más, la maña no se quita.

La conversa no duró mucho más. Un poco triste, aprendía que al parecer unos roban por necesidad y otros por justicia, pero ambos se quedan con lo que no merecen. Debe ser como el ladrón bueno y el malo, crucificados con Jesús, sólo que aquí no sé cuál es cuál, quién sabe si alguno llegó a arrepentirse. Antes de irme, papá me pedía un favor:

- No digas nada a tu abuelo, que si se entera los bota sin pensarlo, y luego no hay quien haga el trabajo. Es mucho para mí, y él ya no puede. Además ¡pa’ que venga uno peor!

Como “no hay 2 sin 3”, semanas después, un martes en la madrugada, mientras acompañaba a papá al mercado de Coche, detenidos en la cola para entrar, dos malandros armados le robaron el dinero de las compras. Aunque él los persiguió con el arma que jamás disparó en su vida, fue sólo un intento de sentirse valiente. Strike tres, hay otro tipo de ladrón:

- Estos son unos delincuentes, una plaga, roban por odio y avaricia, estos si son de los malos. Creen que pueden tener cosas sin trabajarlas, roban a los comerciantes su esfuerzo. Presos o muertos debían estar.

Con el tiempo, desarrollando software, puse siempre especial empeño en los controles, en mecanismos para encontrar a los “guaripetes” en los negocios de Comida Rápida. Vi también como se negociaban Contratos Colectivos que incluían cláusulas tan absurdas como: “Si un empleado es descubierto llevándose productos de la planta, la empresa no llamará a la policía, sólo le despedirá”. Supongo que era para los “franciscos” que asumen justo llevarse parte del producto que ayudan a elaborar, aunque no esté permitido.

Los últimos años han promovido un tipo raro de ladrón. No sé si es una variante de los viejos, o una especie nueva. Ataca a los comerciantes, pero no desde sus empleados, sino desde arriba, desde la cizaña sembrada en el gobierno. No meten la mano en sus cajas, sino que los obligan a mantener a trabajadores que no sirven, los regulan, los hacen pagar mordidas y vacunas, los llevan al límite. Armados con el poder, no son distintos al malandro de Coche, movido por el odio y la avaricia. Creen que la presión no tiene fin, que los patrimonios y la paciencia son infinitos, y no pararán hasta la quiebra o el cierre, de las empresas, del país. A Venezuela, como si no tuviera dueño ni doliente, se la llevan en maletas.

Mientras eso pasa, convencen al colectivo de que no tienen que trabajar, de que ser venezolano es ser dueño de los tesoros del país, es ser rico. No hay que trabajar las cosas, el gobierno debe dártelas. Cobras Seguridad social por decreto, no por haber aportado. Te inscriben en misiones por lealtad de voto, no por necesidad. Es una especie de Constelación Familiar, donde los nuevos empresarios pagan el derecho de pernada [2] de sus ancestros, como en el Blues del esclavo de Mecano.

Me da lo mismo si son de la cuarta o de la quinta, si tienen el cuello blanco o rojo, no tienen derecho a robarle el país a la próxima generación. El que paga las consecuencias de su odio no es el hombre actual, que bien o mal ya está servido, sino sus hijos. Un poquito de vergüenza no les haría daño.

Si usted tiene ahora la misma pregunta que yo: ¿Esto es parte del plan de la patria? Hacerse de la vista gorda con los ladrones y convertir al pueblo en mendigos, les presto la respuesta de papá, a falta de otra mejor: Es lo que hay.


La lata de Garbanzos : ladrón
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[1] Guaripete es una pequeña lagartija de vivos colores que abunda en las zonas secas de Venezuela. También es el apodo de muchachos jóvenes, de poco seso, que viven más de su apariencia que del trabajo duro.
[2] Se refiere a un derecho que se otorgaba a los señores feudales, la potestad de mantener relaciones sexuales con cualquier doncella, sierva de su feudo, el día de su boda, quedándose con su virginidad. Las excepciones incluían que el novio pagara (rara vez podía hacerlo) o que la novia fuera muy fea.

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