jueves, 16 de enero de 2014

Responsable

s. m. El que conscientemente es la causa de un hecho y que es imputable por sus consecuencias.


Mãe (mi abuela) decía que el responsable de llevar una casa tiene gran trabajo: tener o inventar las respuestas a todas las preguntas de los niños, proteger a la familia y mantenerla junta. Esa persona, aunque alguien diga lo contrario, debía tener nombre. Sé que es confuso, pero trataré de explicarlo.

Si ella oía decir “los hijos de Matilde”, es porque Matilde respondía por la casa y sus hijos, en ella se confiaba. Al pasar el tiempo, cuando a Matilde se empezaban a referir como “la mamá de Roberto” es porque ahora Roberto había recibido la responsabilidad y cuidaba de ella, que ya no tenía nombre. Lo mismo si decían “la mujer de Juan”, “el marido de Corina” o “el papá de Alberto”. Los responsables tenían nombre, y por cierto, casi siempre se esperaba que fuera el hombre, aunque la que moviera sus hilos fuera su mujer. En cabeza de mi abuela, si oía “los hijos de Alicia”, la chica a cargo debía ser viuda, hace bastante tiempo además, porque a veces incluso después de muerto su esposo (el Sr. X) la costumbre se negaba a dejarlo ir, y la pobre Alicia seguía siendo hasta nuevo marido: “la mujer de X”.

Las mujeres de la generación de mis abuelos y de mis padres, queriéndolo o no, recibían con el matrimonio, un acta de responsabilidad sobre la estabilidad de la casa. Armadas de amor y paciencia, confundían responsabilidad con sacrificio, soportando lo que viniera, y agradeciendo si no llegaba nada, pues estaban preparadas para defender a su costa, la integridad del hogar.

En un vuelo a Tenerife, que hacía escala en Madrid, mataba el tiempo leyendo un libro de grafología y mirando por la ventana. A mi derecha una señora y a la suya, su hija en pasillo, que después de mirar durante un rato con curiosidad, me preguntó sobre el libro. Aunque no era experto, le expliqué lo básico: lo que era grafo-terapia y por qué me llamaba tanto la atención. Inmediatamente sacó un papel en blanco de una carpeta llena de constancias y empezó a escribir sobre la pequeña mesa del respaldar del asiento. Al terminar, firmó su escrito.

Como me enseñaron, comenté primero todo lo bueno que encontré: Se trataba de una chica analítica, justa, sin miedo al futuro, honesta, de inteligencia superior al promedio y muy femenina. Sin embargo, un espacio exagerado más unas vocales aplastadas, indicaban su deseo de alejarse de casa y del pasado. Esa fue la única pregunta que pude hacerle, antes de entrar en una incómoda revelación que me hizo cambiarme de asiento luego de la cena:

- Te quieres alejar de casa, el pasado y de mamá. Qué bueno eso de buscar independencia, ¿es que ya quieres tu propia vida, tu propia casa?

Su madre en medio, al escucharme, y sin darle tiempo a responder, negó con la cabeza:

- No, no, no. Se equivoca señor, dice eso porque no nos conoce. Sepa usted que nos queremos muchísimo, yo he hecho todo por ella y ella haría lo que fuera por mí. De mudanza nada.

La chica forzó una sonrisa corta y asintió, mientras los carritos de servicio llegaban ofreciendo su surtido menú de: “pasta con pollo o carne guisada con arroz”. La excusa de la cena le valió a la chica para recoger la hoja que había escrito, doblándola y guardándola en la carpeta. Mientras tanto, la madre se acomodaba inquieta en la silla, sin haber quedado conforme con la mueca de su hija. Luego de dos minutos, mientras nos servían, buscó refuerzos:

- Mija, a ver, explíquele al señor que somos unas luchadoras. Dígale cómo yo le he dado ejemplo de mujer responsable en esta vida.

No me gustó el tono que iba tomando su voz, así que traté de acabar el tema con nuevos argumentos, que por supuesto no me creía:

- No lo dudo ni por un momento, señora. Esto es sólo algo para matar el tiempo del vuelo mientras ponen la película. Es algo estadístico, usted sabe, a veces acierta y otras no. No se preocupe. Tenga buen provecho.

Consintió con una sonrisa, al tiempo que la chica decidía que era un buen momento para pasarle un par de facturas:

- Esta vez acertó. Imagino que ya lo debes saber y te haces la tonta. No te queda. Esas tres maletas con sobrepeso, por las que pagamos exceso, no son para quince días. Si la tía Rita me deja vivir con ella un tiempo, no vuelvo a Venezuela. Ya estoy harta de vivir contigo, de ver cómo papá te maltrata sin que hagas nada. No me enseñaste a ser responsable, me enseñaste a ser cobarde. Más de una vez te he pedido que lo dejes, pero me usas como pretexto. Sé que necesito un padre, y no te niego que él es uno bueno, pero como esposo es un déspota. No entiendo cómo te compensa. Tienes dos semanas para pensar qué hacer a la vuelta, porque tu excusa se queda en Barcelona.

No hubo réplica, no se dijo más nada, por aceptación o por pena. Tal vez simplemente pusieron en espera el resto de la discusión, para un sitio más privado. Hice señas a la chica para que bajara la guardia y asintió de vuelta. El discurso lo tenía bien ensayado, sólo esperando la oportunidad. Terminada la cena, fui al baño y me encontré un asiento vacío al volver, que me invitó a quedarme. Al bajar del avión se acercó de nuevo mientras caminábamos a inmigración y me deslizó una nota en el bolsillo de mi chaqueta. Lo abrí esperando un número de teléfono, pero sólo se leía:

- Disculpa. Estabas en el lugar justo en el momento equivocado. Gracias, Mariela.

Pasando rápidamente por la fila comunitaria, no volví a ver a Mariela ni a su mamá, cuyo nombre no supe nunca, porque seguramente no estaba a cargo.

Durante más años de los que recuerdo, mis hermanos y yo fuimos los nietos de Mãe, incluso en esos domingos de visitarla, que se espaciaron cada vez más, porque ella ya no era la que recordábamos y mayormente dormía. En una de mis últimas visitas, mi tía conversaba con una vecina del piso mientras yo subía las escaleras. En lo que fue el resto de la conversa, ella le comentaba:

- Bueno, me voy, vamos a ver si hoy la mente de la abuela de Fernando está más leve.

Al escucharla, dejé el ánimo que traía en la puerta y entré al apartamento abatido, recordando lo que significaba, y entendiendo que se acababa el tiempo. Junto con su mente, que ya casi nunca estaba leve, dejaba su responsabilidad, su nombre y como diría Jorge, entregaba la guardia. Era oficial, había dejado de ser el nieto de Mãe, para convertirse ella en la abuela de Fernando o Jorge. Jamás tuve promoción menos deseada. ¿Cuándo había pasado? ¿Cuándo sus nietos más cercanos fuimos promovidos? Sería el día que la trajimos a la Capital, con el especializado diagnóstico de “está viejita”, o cuando firmé la autorización en la clínica para que la operaran, mientras me decía mi prima con cautela: “si le pasa algo te van a culpar a ti”. Pudo ser cualquiera de las veces que mi tía nos hizo correr a su encuentro, si su enfermera decía que se sentía mal. Porque imagino que así es la responsabilidad, nadie realmente la quiere, pero para cuando caes en cuenta es tuya. No sabemos cuándo llegó o por qué nos escogió, sólo sabemos que éramos responsables, porque como diría mi abuela, responsable es el que tiene nombre.

La lata de Garbanzos : miedo
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Sobre este garbanzo se ha escrito en:


Asumir responsabilidades no necesariamente es cuestión de edad. Lee esta historia de familia y responsabilidad.
www.inspirulina.com/responsable-2.html

1 comentario:

  1. Furulus!... quizás nunca hacemos esta reflexión, lo cual me parece muy interesante, porque a medida que vas leyendo y vas cambiando nombres, te das cuenta que de alguna forma llegas a indentificarte con la historia. En mi caso terminó siendo "la familia de Giova" jaja que cómico, y aunque esta responsabilidad es muy grande para el poco tamaño físico y la cantidad de personas, queda pequeña delante del gran amor con la que se asume, se vive y se siente. En mi caso ésta responsabilidad quizás sea mia... pero también es cierto que es disfrutada.

    Fernandin, gracias por estas reflexiones de vida que nos hacen ver, valorar, viajar en nuestros recuerdos, y agradecer.... Besos!

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