viernes, 7 de marzo de 2014

Paciencia

s. f. Del latín patientia: capacidad para tolerar, atravesar o soportar una situación sin experimentar nerviosismo ni perder la calma.
El 2014 es recordado en Venezuela por la fractura final del chavismo. En realidad, en palabras de Luis Aguilé, por eso y muchas cosas más. La falta de alimentos básicos (leche, arroz, azúcar, pollo, harina de maíz, aceite y más) se compensaba en las calles con abundancia de represión, censura, irrespeto a las leyes y bombas lacrimógenas. En Cuba imaginaron, que para presidente de la quinta república del 2013, había que entrenar a un ingenuo conductor de la clase obrera, con licencia también de quinta. Sin embargo, no fue suficiente, en un país que se había fracturado en municipios ideológicos, que sumaban dos mitades de tamaño exacto nunca revelado.

Viviendo en Chacao, con ideología de oposición, asistí tanto como pude a marchas y concentraciones. El atuendo repetía gorra, bloqueador, blue jean, tenis y franela blanca, a usanza de las manifestaciones adecas de mi infancia, de donde por cierto, probablemente haya migrado la mayor parte de la militancia roja. ¿Por qué rojo? Puedo adivinar que es el antiguo borgoña o vino tinto de nuestros militares del siglo 18, y de la selección de fútbol, transformado al rojo de la bandera. Un rojo que disimularía la sangre que pensaban derramar, en la lucha que iban a dar, y por la cual muchos estaban dispuestos a dejar la vida. Eso era compromiso, he de reconocerlo.

En una de las concentraciones conocí a Job, un personaje tan inusual como el santo del que sacó su nombre, y del que había heredado lo que consideraba su mayor virtud: la paciencia. Padre de un estudiante llamado Santiago (feliz coincidencia) lo acompañaba a marchar de mala gana, vigilándolo mientras lo frenaba agarrándolo por la espalda, del cuello de la franela, para evitar su ímpetu de enfrentar a la Guardia Nacional. Al mismo tiempo, le recordaba:

- Esta no es nuestra lucha, nuestras herramientas son la oración y la paciencia. Mira como yo esperé, y ya vi pasar el cadáver del primero frente a mi puerta.

Entre sorprendido y molesto, trataba de entender. Si no era su lucha, entonces ¿Era la de quién? Porque salvo que fueran turistas, estábamos en el punto donde ser indiferente era sinónimo de ser complaciente y cómplice. Era resignarse a ser el sapo al que estaban calentando lentamente.

Mi amiga Cris se cansó de decirme como me veía de bien cuando estaba callado, pero yo nunca aprendí. Las clases de inteligencia emocional las aprobé a duras penas. Dejé saber a Job mi opinión, con lo que logré que soltara de mala gana a Santiago y se concentrara en mis argumentos. Algo de lo que decía tenía sentido:

- Sólo un padre puede entenderme, yo no tengo que poner los muertos. Ustedes no diferencian un problema de una situación. Los problemas tienen solución, a las situaciones hay que acostumbrarse y vivir con ellas. Es como acabar siendo diabético, hay que aceptarlo y lidiar con eso, resistirse y pelear con lo irreversible es sufrir más. La paciencia es la virtud que nos trae la calma.

Mi molestia sólo crecía. La sensación de que el gobierno había desarrollado diabetes me hacía sentido, aunque sabía que ese no era su mensaje. Ardía de imaginar que la quinta república era una “situación”, porque era aceptarla como irreparable, cuando en realidad estábamos ante un "problema", uno que había que solucionar, uno que estaba en nuestras manos. Los demás países, mayormente fueron testigos mudos, cuidando de sus propios intereses y corrompidos por el oro negro. Todavía me avergüenza no haber escuchado en ese entonces declaraciones fuertes de Cavaco Silva contra la situación, siendo tan grande su comunidad de portugueses en Venezuela. Como decía Cris, no sabía de cuál de mis dos presidentes sentir más vergüenza.

¿Qué más hacía falta para vencer la indiferencia y la apatía? ¿Hasta dónde éramos capaces de soportar los que apostamos por el país? Abandonar la resistencia del 2014 no hubiera tenido vuelta atrás, era un acantilado al que la corrupción y el vicio por el poder de muchos nos querían entregar muertos al mar. Yo hablaba, pero no me oían:

- Recuerda que no hubo carnaval. No disfraces a la resignación de paciencia, para vendérmela. Abandona esta depresión colectiva que llamamos país. A este problema, dale respuesta, participa, ayuda activamente, no es hora de esperar en casa a que pase el tiempo y otros hagan la tarea.

Tenía tanta frustración, sentimientos y encuentros, que llevaría demasiado tiempo expresarlos acá. Para hacer lo que prometí (un cuento corto) resumo diciéndoles que al final Job tuvo razón, me cansé de tratar de cambiar su punto de vista, prefiriendo conciliarlo con el mío, y me despedí amistosa e irónicamente:

- Gracias por agregar a mi diccionario el garbanzo de la “paciencia”. Espero que tu hijo no la haya heredado. Él, sin tener memoria de “la cuarta” que no volverá, intuye que no merece la miseria de “la quinta”. Con todo el respeto que merece un extraño, acepto que eres un paciente, entonces estás enfermo, eres un cobarde.

A unos metros, Santiago trepaba la tarima, para acercarse a los estudiantes que hablaban a la concentración. No pude evitar imaginar al apóstol Santiago el Mayor, en sus advocaciones española y peruana de Matamoros y el Mataincas, animando las batallas como el hijo del trueno, mientras pensaba: bien dicen que no hay dos sin tres.


La lata de Garbanzos : paciencia

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