lunes, 8 de septiembre de 2014

Misión

Encargo o poder que nos han dado y que debemos cumplir

Como a casa los regalos los traía El Niño Jesús, y no Santa Claus, nunca dejamos galletas y leche la noche de Navidad. Que recuerde, al Niño no le dejaba uno nada, pues supongo que preparar fórmula infantil sería una rara tradición; creo que él sólo pedía que creyeran y confiaran. De los Reyes Magos no supimos mucho, iban siempre a casa de mis amigos españoles. Empecé a saber de ellos cuando empezaron a visitar a mis sobrinas.

Atravesando un parque en Pamplona, vimos la flecha amarilla apuntando a una mesa, que ataviada con un mantel de cuadros blancos y rojos (típico de picnic) soportaba un termo de té y uno de leche, más una gran cesta de mimbre con galletas. Una carta abrochada al mantel invitaba a los peregrinos a descansar y merendar. Como tenía pocos días andando, y aún me traía algún residuo de la malicia de Latinoamérica, decidí no comer por temor a alguna broma laxante o similar. Expliqué a mis compañeros más confiados que yo no era Santa Claus, y que en todo caso faltaban las zanahorias para mis renos.

Resultó que todo el norte de España está lleno de esos puntos de auxilio. Hay muchas meriendas espontáneas y fuentes para tomar agua. Incluso hay una fuente de vino, donde la única regla es: tomar todo lo que se quiera, pero nunca para llevar. Es una preocupación generalizada de los lugareños, que los peregrinos no desmayen, por lo que bares y restaurantes ofrecen el “menú del peregrino”, una comida altamente calórica y abundante, acompañada de un litro de vino y media tarta de Santiago. Todo a precios solidarios, acompañado de la misma regla:

- A comer todo, que sin el estómago lleno y caliente no vais a poder andar.

Fue un día que salimos de madrugada, con un clima inusual y un viento frío que nos complicaba el descenso. Logroño no estaba siendo amigable, y nos congelaba rápidamente. Recordaba aquel encuentro de Cris con unos peregrinos que iban cada vez que podían con su casa rodante y chocolate caliente para confortar a los caminantes en los que se veían reflejados. ¿Dónde estaban?

No podíamos parar, no había donde. Luego una luz a lo lejos, entre la neblina. Fuimos hacia ella, hacia el calor. Venía de una pequeña casa rural, al lado de una gigantesca higuera. Salía de una chimenea, y ya confortaba a los que habían llegado antes, que calentados por las bebidas y algún bocadillo se acurrucaban en un sofá. Como la puerta estaba abierta, entramos sin preguntar y llevamos las manos a la lumbre, el color nos volvía a la cara. Estábamos en casa de Lucía. Ella llegó enseguida con más café y nos dio la bienvenida, invitándonos a estar allí mientras mejoraba el clima y la mañana daba más visibilidad.

Lucía resultó ser una mujer sorprendente, sencilla y amorosa. Entre mucho, nos contó que su misión era ayudar, que para eso había venido al mundo, para auxiliar a los peregrinos:

- Lucía también era mi madre, y es mi hija, esa pequeña que no debería estar despierta ya, y que corre entre los muebles. Mi casa es la de ustedes, es mi herencia, mi orgullo y la herramienta para lograr mi misión de vida: para lo que Dios me puso en la tierra.

Mientras nos confortaba el fuego, Lucía nos contó algunas de sus alegrías y milagros:

- Todo lo que pedimos nos es concedido, hasta lo más raro. Un día pedimos un computador para saber del mundo, y al día siguiente un peregrino encontró aquí tanta paz que nos regaló un montón de cosas que no le iban a “amargar más”. Entre ellas había un laptop. Aunque nunca he tenido dudas, la evidencia me sigue sorprendiendo.

El calor y el desayuno no tenían precio, sólo colaboración voluntaria si era nuestro deseo. Cuando salimos de nuevo a caminar, todos preguntábamos lo mismo: ¿Cuál es mi misión? ¿A qué vine? Lucía nos dijo que las misiones tenían un truco: terminaban en “ar”. Las que terminaban en “er” rara vez eran de las buenas. Ella había escogido “dar refugio y consuelo”, eso era algo tan grande como para ser el propósito de su vida. Además nos aclaraba que todo se hace mientras haya vida y salud, no después.

Creo que hasta ese día, las “distracciones” nos habían tenido tan ocupados que no paramos a pensarlo. Nos distraemos en ser, tener, aprender, vender, complacer, comer y tantas otras. Parece que no sirven, no terminan en “ar”. Hay que pensar, comunicar, amar y todo sinónimo de dar. Ni siquiera cuenta compartir, porque no está en el truco.

Por cierto, para los que pudieran estar preocupados por aumentar de peso, dado que los peregrinos nos comportamos como procesadores andantes de alimentos, les alivio diciendo que perdí más de 10 kilos en menos de un mes.

El consejo, y la conclusión de esta historia: en algún momento hay que parar y pensar antes de avanzar. Como Alicia en el país de las Maravillas, cuando preguntó al conejo: ¿cuál es el camino correcto? Misma respuesta:

- Depende de a dónde vas. Si no lo sabes, cualquier camino te sirve. Mejor aún: detente hasta saberlo, no vaya a ser que andes en la dirección incorrecta.

Misión, destino, mega, etc. Hay muchas palabras y un solo significado, uno que no te puede decir nadie, porque es tan íntimo como la satisfacción de alcanzarlo, para por fin descansar en él, para nuestro siempre.


La lata de Garbanzos : misión

2 comentarios:

  1. La misión es eso que te hace despertar cada mañana con una gran sonrisa que te demuestra que tu misión del día anterior fue una realidad... Y te hace sentir que tienes la oportunidad otro día más de hacerla valer mucho más que el día anterior.

    La misión es aquello que te hace sentir "Vivo"...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Felicidades ;)
      Yo aún trabajo en la mía!

      Eliminar